cine

EL CINE SIEMPRE ESTUVO EN NUESTRA MENTE AL ALCANCE DE LA MANO

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL PRIMER NEGATIVO REVELADO A MANO



 En la actualidad es algo cotidiano poder ver las famosas latas de coca-cola en cualquier rincón de la tierra, y aunque presenten pequeñas diferencias de diseño local, allí donde las encontremos son un signo de la globalización humana y un símbolo de la sociedad de consumo. Y tampoco nos extraña que, junto al objeto físico omnipresente, podamos observar simultáneamente el mismo despliegue “artístico” promocional de fotografías en vallas publicitarias, o anuncios emitidos por televisión.

Si los arqueólogos del futuro escarbaran en los estratos de nuestra época, y no contaran con más información que los restos hallados, convendrían en que se trataría de un elemento material y unas imágenes de carácter global. Y lo mismo se podría aplicar a cualquier película de éxito internacional como pueda ser “Avatar” que se ha exhibido en cines de todo el mundo y que siempre va acompañada de un surtido merchandising.

Pero esos mismos arqueólogos si quisieran profundizar en busca de las primeras representaciones universales tendrían que viajar miles de años atrás, hasta la prehistoria, cuando el hombre ya había manifestado su presencia física en los cinco continentes y por primera vez en su evolución comenzó a proyectar imágenes sobre las paredes naturales de la tierra con los mismos colores, similares formas y quizás las mismas motivaciones. Y en ese amplio contexto espacio-temporal-cultural la mano en negativo y luego revelada en positivo es, de alguna manera, símbolo de la primera “fotografía” y el primer “fotograma” de la (pre)historia del cine, su primer éxito a nivel planetario y, sin duda, su primer gesto, un anuncio cargado de una emoción y un significado que aún se siente, aunque no se comprenda.

La impronta de manos surge en el ámbito de sociedades cazadoras-recolectoras, pero no fue un fenómeno simultáneo en todas las áreas geográficas, ni perduró el mismo tiempo; de hecho en Australia comenzó hace decenas de miles de años y se ha conservado hasta nuestros días, aunque su significado simbólico inicial haya podido perderse. En ciertas regiones de África, América y Asia la práctica perduró hasta fechas recientes, mientras que en Europa la cronología se dilata por las etapas más antiguas del Paleolítico Superior (especialmente durante el periodo Gravetiense 28.00-22.000 a.C.) para desaparecer en su tramo final.

La mano en negativo se obtiene al proyectar el pigmento pulverizado sobre la mano apoyada en la roca, soplándolo directamente de la boca, a través de una cánula o mediante un "aerógrafo" primitivo (como el hallado en Altamira). Mientras que la mano en positivo se logra por la aplicación directa de la mano impregnada de pigmento sobre la pared. Los colores varían según las zonas, pero predominan casualmente aquellos que utiliza la marca coca-cola para identificar las latas de cada una de las variantes de su producto: rojo, negro, naranja-amarillo y blanco, e incluso parecen coincidir en la frecuencia de uso, siendo mayoritario el empleo del rojo. Pero ahí acaban sus coincidencias, pues con respecto a las manos, nosotros ignoramos el porqué de estas selecciones cromáticas y el significado simbólico de cada una de ellas, si bien intuimos que debieron tenerlo como hoy en día aún lo conservan en distintas culturas.

Algunas manos no presentan todas las falanges y se tiende a interpretar este hecho como resultado de mutilaciones, accidentales o rituales, o de dedos replegados en virtud de un posible código de señales relacionadas con la caza, supuestamente similar a los empleados por algunas comunidades de aborígenes australianos y del pueblo san de Sudáfrica. Zoques y mayas (México) combinaron la colocación de las manos a modo de plantillas para lograr representaciones zoomorfas, lo mismo que hoy jugamos con las manos delante de una luz para proyectar sombras de animales en la pared, otra forma de precine, de la ilusión de capturar los gestos.
También se pueden encontrar falanges infantiles en negativo como en el caso de Las Gargas (Francia, precisamente en una de las cuevas con mayor número de manos “mutiladas”) y en algunos casos el negativo puede incluir también el brazo. Pueden presentarse aisladas o asociadas a otras representaciones, ya sean animales o signos abstractos, formando composiciones que aumentan significativamente la complejidad del fenómeno.

En positivo a parte de las manos completas y de la aplicación digital del color, existen también peculiaridades como el empleo de la palma para realizar manchas de color a modo de puntos gruesos, formando grupos o incluso figuras animales como en la cueva francesa de Chauvet. En esta caverna se ha datado en 30.000 años una huella infantil en negativo que puede ser la más antigua conocida.
Hay impresiones de ambos sexos y de distintas edades, cuya frecuencia también está sujeta a variaciones locales y es difícil generalizar, aunque según un cuestionado estudio del investigador Dean R. Snow, el 75% de las impresiones analizadas corresponderían a manos femeninas, lo cual demostraría la importancia de la mujer en los ritos desarrollados en el interior de las cuevas.

Todo este registro de datos es cada vez más amplio y existen proyectos e investigaciones especializadas sobre el tema que cada día aportan más áreas y estaciones con pinturas e información sobre las técnicas empleadas, sus estadísticas y cronologías más precisas, que están ayudando a nivel interpretativo aún sabiendo de antemano que la traducción exacta del significado, tanto del fenómeno global como de sus variaciones, se nos escapa. Gesto natural, señal identificadora individual o de grupo con fines de demarcación territorial, magia sanadora, magia propiciadora de la caza, contacto con fuerzas sagradas o ritual de iniciación masculina o femenina, son algunas de las más habituales y quizás no haya una única explicación, sino una combinación de todas o alguna de ellas con variaciones en el tiempo, incluso dentro del mismo entorno geográfico.

Hay que enfocarla como una práctica de largo recorrido que fue apareciendo en los distintos continentes a medida que el hombre los iba poblando, manteniéndose viva durante grandes periodos de tiempo. Y esto me lleva a pensar que a pesar de su carácter universal no fue una costumbre de la que se abusó, pues aunque haya algunas cuevas y estaciones con cientos de huellas, existen otras con presencia de arte rupestre que cuentan con apenas un par de ellas y en otras una o ninguna. Sabemos que no eran grupos muy numerosos, pero nada les impedía saturar de manos sus lugares sagrados a base de repetir mecánicamente un gesto que no requiere de excepcionales dotes artísticas, así que hay que pensar que podría tratarse de un acto reservado para individuos y acontecimientos especiales.

En Europa el fenómeno de las Venus paleolíticas y las representaciones de mujeres o del órgano femenino en forma de vulvas, a través de grabados, pinturas o aprovechando formas naturales, indican junto con las huellas de manos negativas femeninas, una clara implicación de la mujer, posiblemente asociada a ritos de fertilidad.
Antes de aplicar color a sus manos, hombres y mujeres ya habían jugado con sus dedos en la arcilla blanda de las paredes de las cuevas, como hacen los niños de forma instintiva, dibujando líneas caóticas entre las que, de vez en cuando, nacía alguna figura identificable. Como en la mayoría de los mitos ancestrales todo surgía de un caos original, de una noche que prolongaba su oscuridad a través de las cuevas hasta el útero de la Madre Tierra, generadora de vida, embarazada en forma de colinas y montañas. Introducirse en ellas con dificultad y quizás con miedo por los estrechos y oscuros pasillos de las cavernas hasta llegar a sus paredes internas para poner la mano y entrar en contacto con esa membrana de potencia generadora, suponía un renacer al salir arrastrándose de nuevo a la luz del día.

Hay algo especial en estas huellas, tan vacías como un signo de interrogación y a la vez tan llenas de la presencia de sus autores, que se despidieron hace tiempo, pero que aún nos saludan y nos atraen. Al igual que reaccionamos al poner nuestra mano en el vientre de una embarazada para sentir la presión de la vida que crece dentro de ella, quizás en las cuevas europeas el negativo sea la mano interior del que va nacer, una puerta que se abre al misterio de la vida y el positivo la de aquel al que se le ha revelado y que responde a ese contacto desde el otro lado.

EL PRIMER NEGATIVO REVELADO A MANO



 En la actualidad es algo cotidiano poder ver las famosas latas de coca-cola en cualquier rincón de la tierra, y aunque presenten pequeñas diferencias de diseño local, allí donde las encontremos son un signo de la globalización humana y un símbolo de la sociedad de consumo. Y tampoco nos extraña que, junto al objeto físico omnipresente, podamos observar simultáneamente el mismo despliegue “artístico” promocional de fotografías en vallas publicitarias, o anuncios emitidos por televisión.

Si los arqueólogos del futuro escarbaran en los estratos de nuestra época, y no contaran con más información que los restos hallados, convendrían en que se trataría de un elemento material y unas imágenes de carácter global. Y lo mismo se podría aplicar a cualquier película de éxito internacional como pueda ser “Avatar” que se ha exhibido en cines de todo el mundo y que siempre va acompañada de un surtido merchandising.

Pero esos mismos arqueólogos si quisieran profundizar en busca de las primeras representaciones universales tendrían que viajar miles de años atrás, hasta la prehistoria, cuando el hombre ya había manifestado su presencia física en los cinco continentes y por primera vez en su evolución comenzó a proyectar imágenes sobre las paredes naturales de la tierra con los mismos colores, similares formas y quizás las mismas motivaciones. Y en ese amplio contexto espacio-temporal-cultural la mano en negativo y luego revelada en positivo es, de alguna manera, símbolo de la primera “fotografía” y el primer “fotograma” de la (pre)historia del cine, su primer éxito a nivel planetario y, sin duda, su primer gesto, un anuncio cargado de una emoción y un significado que aún se siente, aunque no se comprenda.

La impronta de manos surge en el ámbito de sociedades cazadoras-recolectoras, pero no fue un fenómeno simultáneo en todas las áreas geográficas, ni perduró el mismo tiempo; de hecho en Australia comenzó hace decenas de miles de años y se ha conservado hasta nuestros días, aunque su significado simbólico inicial haya podido perderse. En ciertas regiones de África, América y Asia la práctica perduró hasta fechas recientes, mientras que en Europa la cronología se dilata por las etapas más antiguas del Paleolítico Superior (especialmente durante el periodo Gravetiense 28.00-22.000 a.C.) para desaparecer en su tramo final.

La mano en negativo se obtiene al proyectar el pigmento pulverizado sobre la mano apoyada en la roca, soplándolo directamente de la boca, a través de una cánula o mediante un "aerógrafo" primitivo (como el hallado en Altamira). Mientras que la mano en positivo se logra por la aplicación directa de la mano impregnada de pigmento sobre la pared. Los colores varían según las zonas, pero predominan casualmente aquellos que utiliza la marca coca-cola para identificar las latas de cada una de las variantes de su producto: rojo, negro, naranja-amarillo y blanco, e incluso parecen coincidir en la frecuencia de uso, siendo mayoritario el empleo del rojo. Pero ahí acaban sus coincidencias, pues con respecto a las manos, nosotros ignoramos el porqué de estas selecciones cromáticas y el significado simbólico de cada una de ellas, si bien intuimos que debieron tenerlo como hoy en día aún lo conservan en distintas culturas.

Algunas manos no presentan todas las falanges y se tiende a interpretar este hecho como resultado de mutilaciones, accidentales o rituales, o de dedos replegados en virtud de un posible código de señales relacionadas con la caza, supuestamente similar a los empleados por algunas comunidades de aborígenes australianos y del pueblo san de Sudáfrica. Zoques y mayas (México) combinaron la colocación de las manos a modo de plantillas para lograr representaciones zoomorfas, lo mismo que hoy jugamos con las manos delante de una luz para proyectar sombras de animales en la pared, otra forma de precine, de la ilusión de capturar los gestos.
También se pueden encontrar falanges infantiles en negativo como en el caso de Las Gargas (Francia, precisamente en una de las cuevas con mayor número de manos “mutiladas”) y en algunos casos el negativo puede incluir también el brazo. Pueden presentarse aisladas o asociadas a otras representaciones, ya sean animales o signos abstractos, formando composiciones que aumentan significativamente la complejidad del fenómeno.

En positivo a parte de las manos completas y de la aplicación digital del color, existen también peculiaridades como el empleo de la palma para realizar manchas de color a modo de puntos gruesos, formando grupos o incluso figuras animales como en la cueva francesa de Chauvet. En esta caverna se ha datado en 30.000 años una huella infantil en negativo que puede ser la más antigua conocida.
Hay impresiones de ambos sexos y de distintas edades, cuya frecuencia también está sujeta a variaciones locales y es difícil generalizar, aunque según un cuestionado estudio del investigador Dean R. Snow, el 75% de las impresiones analizadas corresponderían a manos femeninas, lo cual demostraría la importancia de la mujer en los ritos desarrollados en el interior de las cuevas.

Todo este registro de datos es cada vez más amplio y existen proyectos e investigaciones especializadas sobre el tema que cada día aportan más áreas y estaciones con pinturas e información sobre las técnicas empleadas, sus estadísticas y cronologías más precisas, que están ayudando a nivel interpretativo aún sabiendo de antemano que la traducción exacta del significado, tanto del fenómeno global como de sus variaciones, se nos escapa. Gesto natural, señal identificadora individual o de grupo con fines de demarcación territorial, magia sanadora, magia propiciadora de la caza, contacto con fuerzas sagradas o ritual de iniciación masculina o femenina, son algunas de las más habituales y quizás no haya una única explicación, sino una combinación de todas o alguna de ellas con variaciones en el tiempo, incluso dentro del mismo entorno geográfico.

Hay que enfocarla como una práctica de largo recorrido que fue apareciendo en los distintos continentes a medida que el hombre los iba poblando, manteniéndose viva durante grandes periodos de tiempo. Y esto me lleva a pensar que a pesar de su carácter universal no fue una costumbre de la que se abusó, pues aunque haya algunas cuevas y estaciones con cientos de huellas, existen otras con presencia de arte rupestre que cuentan con apenas un par de ellas y en otras una o ninguna. Sabemos que no eran grupos muy numerosos, pero nada les impedía saturar de manos sus lugares sagrados a base de repetir mecánicamente un gesto que no requiere de excepcionales dotes artísticas, así que hay que pensar que podría tratarse de un acto reservado para individuos y acontecimientos especiales.

En Europa el fenómeno de las Venus paleolíticas y las representaciones de mujeres o del órgano femenino en forma de vulvas, a través de grabados, pinturas o aprovechando formas naturales, indican junto con las huellas de manos negativas femeninas, una clara implicación de la mujer, posiblemente asociada a ritos de fertilidad.
Antes de aplicar color a sus manos, hombres y mujeres ya habían jugado con sus dedos en la arcilla blanda de las paredes de las cuevas, como hacen los niños de forma instintiva, dibujando líneas caóticas entre las que, de vez en cuando, nacía alguna figura identificable. Como en la mayoría de los mitos ancestrales todo surgía de un caos original, de una noche que prolongaba su oscuridad a través de las cuevas hasta el útero de la Madre Tierra, generadora de vida, embarazada en forma de colinas y montañas. Introducirse en ellas con dificultad y quizás con miedo por los estrechos y oscuros pasillos de las cavernas hasta llegar a sus paredes internas para poner la mano y entrar en contacto con esa membrana de potencia generadora, suponía un renacer al salir arrastrándose de nuevo a la luz del día.

Hay algo especial en estas huellas, tan vacías como un signo de interrogación y a la vez tan llenas de la presencia de sus autores, que se despidieron hace tiempo, pero que aún nos saludan y nos atraen. Al igual que reaccionamos al poner nuestra mano en el vientre de una embarazada para sentir la presión de la vida que crece dentro de ella, quizás en las cuevas europeas el negativo sea la mano interior del que va nacer, una puerta que se abre al misterio de la vida y el positivo la de aquel al que se le ha revelado y que responde a ese contacto desde el otro lado.

martes, 30 de noviembre de 2010

"THE WIRE": LLEVO UNA DOBLE VIDA EN SERIE

Llevo una doble vida, me acuesto en Baltimore y despierto en Bilbao.
Llevo así una temporada, o mejor dicho, unas cinco.
Llevo móvil, pero vuelvo a usar las cabinas de teléfono del barrio.
Llevo gente en mi coche, pero no se puede hablar en él.
Llevo deambulando por las mismas calles, pero todas parecen acabar en un callejón sin salida.
Llevo un tiempo disfrutando de the wire y en esto no hay peros.
El único error que se ha cometido con la serie es presentarla a los Emmy. No ganaron ninguno porque está por encima de todo eso, trasciende la pequeña pantalla y compite al nivel más alto, en todas las categorías de los Nóbel:

Nóbel de Literatura: este se lo darían seguro, no necesitan ni el guión, ni que escuchen los diálogos, basta con que lean las citas del comienzo de cada capítulo.

Nóbel de Economía: cómo se lo podrían negar, si esta serie sobre la corrupción a todos los niveles, predijo la crisis global del sistema financiero y el único que parece poder resolverla es Stringer Bell.

Nóbel de Química: si no es suficiente con la que desprenden los actores, no será por falta de investigación de substancias, en laboratorios clandestinos o policiales.

Nóbel de Física: los actores están en forma, pero cuando estudian trayectorias de balas, cuerpos y dinero cumplen con todos los principios de la termodinámica.

Nóbel de la Paz: si las consideradas mejores películas y series antibélicas pertenecen al género bélico, entonces esta serie es la más honesta, pues la guerra que filma no tiene ni principio ni fin, todos tienen sus razones y todos pierden algo, es la vida, día a día, sin tregua.

Nóbel de Medicina: este lo tienen difícil, simplemente por que no han metido la escucha en un hospital. Pero si se puede decir que el mundo está enfermo, esta serie es la mejor radiografía para acertar su diagnóstico.

En cuanto al guión, puesta en escena, ambientación, fotografía, actores…que se puede decir más, si hasta las ratas que aparecen en pantalla están perfectas.

Llevo una doble vida y las dos parecen de verdad, complejas y fascinantes, conectadas en serie por un simple cable de televisión.

"THE WIRE": LLEVO UNA DOBLE VIDA EN SERIE

Llevo una doble vida, me acuesto en Baltimore y despierto en Bilbao.
Llevo así una temporada, o mejor dicho, unas cinco.
Llevo móvil, pero vuelvo a usar las cabinas de teléfono del barrio.
Llevo gente en mi coche, pero no se puede hablar en él.
Llevo deambulando por las mismas calles, pero todas parecen acabar en un callejón sin salida.
Llevo un tiempo disfrutando de the wire y en esto no hay peros.
El único error que se ha cometido con la serie es presentarla a los Emmy. No ganaron ninguno porque está por encima de todo eso, trasciende la pequeña pantalla y compite al nivel más alto, en todas las categorías de los Nóbel:

Nóbel de Literatura: este se lo darían seguro, no necesitan ni el guión, ni que escuchen los diálogos, basta con que lean las citas del comienzo de cada capítulo.

Nóbel de Economía: cómo se lo podrían negar, si esta serie sobre la corrupción a todos los niveles, predijo la crisis global del sistema financiero y el único que parece poder resolverla es Stringer Bell.

Nóbel de Química: si no es suficiente con la que desprenden los actores, no será por falta de investigación de substancias, en laboratorios clandestinos o policiales.

Nóbel de Física: los actores están en forma, pero cuando estudian trayectorias de balas, cuerpos y dinero cumplen con todos los principios de la termodinámica.

Nóbel de la Paz: si las consideradas mejores películas y series antibélicas pertenecen al género bélico, entonces esta serie es la más honesta, pues la guerra que filma no tiene ni principio ni fin, todos tienen sus razones y todos pierden algo, es la vida, día a día, sin tregua.

Nóbel de Medicina: este lo tienen difícil, simplemente por que no han metido la escucha en un hospital. Pero si se puede decir que el mundo está enfermo, esta serie es la mejor radiografía para acertar su diagnóstico.

En cuanto al guión, puesta en escena, ambientación, fotografía, actores…que se puede decir más, si hasta las ratas que aparecen en pantalla están perfectas.

Llevo una doble vida y las dos parecen de verdad, complejas y fascinantes, conectadas en serie por un simple cable de televisión.

domingo, 21 de noviembre de 2010

“THE ROAD”: LA FRONTERA ADOPTADA, LA NOVELA ADAPTADA


Cuando para los europeos atravesar el océano Atlántico y llegar a Norteamérica aún suponía un viaje plagado de riesgos, la Costa Este delimitaba un continente prácticamente desconocido que era en sí mismo una vasta frontera que pretendían colonizar trasladando sus ideas, ambiciones y esperanzas en una nueva vida. Mucho antes que ellos, otros seres humanos venidos de Asia habían protagonizado y completado una odisea similar atravesando el estrecho de Bering y la fría Costa Noroeste y era inevitable que, tarde o temprano, se encontraran y se disputaran el territorio. A veces se olvida que cuando se produjo el choque, en el viejo y el nuevo mundo ya tenían lugar encarnizadas guerras entre los enemistados países de toda Europa y luchas entre las distintas naciones-tribus americanas por el control de tierras y recursos, y es algo que continuó en esos mismos escenarios una vez completado el dominio colonial.
A todo ello hay que añadir incontables epidemias, hambrunas y cambios medioambientales que pusieron a prueba la capacidad de adaptación de aquellas poblaciones, especialmente de las originarias de Norteamérica que hace unos 12.900 años debieron sufrir el impacto explosivo de los fragmentos de un cometa, provocando el calor suficiente para quemar toda la vegetación y dar lugar a una nube de cenizas que convirtió en extremas sus condiciones de vida y pudo acabar con la megafauna por inanición.

Todo este tipo de conflictos y desastres naturales castigan violentamente a los hombres desde su más remoto pasado y ocasionaron un cúmulo de sufrimiento, muerte y destrucción que acabó por modificar el mapa de fronteras destinadas a separar a las partes enfrentadas, según los intereses del ganador, pero ¿qué ocurriría si tras un desproporcionado desastre todos fuésemos perdedores, si nadie pudiera celebrar ninguna victoria y el sueño de un mundo sin fronteras no fuera fruto de un nuevo orden mundial, sino la pesadilla del caos más absoluto?

Cormac MacCarthy pareció recoger esta cuestión cuando escribió la novela “The Road” que le valió el Pulitzer en el año 2007. Estamos ante un autor que no sólo sabe moverse en el inestable y peligroso terreno de las distintas fronteras que separan de una u otra manera al hombre y le caracterizan en las situaciones límite, sino que las adopta para poder encarnarlas en sus personajes. Podemos encontrarlas en toda su obra y literalmente en títulos como: “En la frontera”, segunda parte de la llamada “Trilogía de la frontera”, como también en una de sus más aclamadas obras: “Meridiano de sangre” (de la que está prevista su versión cinematográfica a cargo de Todd Field), western que sitúa la acción en el territorio mítico comprendido entre Texas y México. Y es que, si bien la versión cinematográfica de “The Road” a cargo de John Hillcoat se adscribe al género postapocalíptico, también podría inaugurar un nuevo subgénero dentro del western denominado postcrepuscular, porque si el western nació en blanco y negro con tonos grises, y evolucionó hasta adquirir la categoría de clásico ganando color hasta la intensidad del technicolor, luego declinó hacia matices más crepusculares y en esta película palidece moribundo rindiéndose de nuevo a la gama de grises original.

Este director ya había probado suerte en los ambientes marginales del Far West, en esa tierra de nadie sometida aún a las leyes de la naturaleza, mientras las del hombre civilizado luchan por imponerse, con “La propuesta”, donde el guionista Nick Cave y el realizador trasladan no sólo las claves de la frontera americana a la australiana, intercambiando a los nativos por los aborígenes, sino una historia en la que parecen resonar los ecos de los personajes amorales y atormentados que viajan hacia “El corazón de las tinieblas” de Conrad y por el “Meridiano de sangre” de MacCarthy.

Al igual que aquellos pioneros del cine de la frontera americana se dirigían hacia la costa oeste en sus carros y carretas con los pocos enseres que poseían, armados, confiados en la palabra de Dios y acosados por los que ellos consideraban tribus de “indios salvajes”, ahora vemos emigrar a sus descendientes, protagonistas del film, hacia la costa sur con carros de supermercado paradójicamente vacíos de todo alimento, armados con un revólver, hablando de lo divino y de lo humano y amenazados por bandas de caníbales. Pero ahora el paisaje ya no es el mismo, no hay verdes praderas, ni ríos cristalinos, ni extensos bosques llenos de vida que recorten el horizonte azul, sino páramos estériles, cementerios de árboles carbonizados y ciudades esqueléticas que no se distinguen de un cielo que lo envuelve todo en una atmósfera fría y gris. Norteamérica no es país para viejos, no es un país para niños, no es un país, vuelve a ser sólo frontera, la primera y la última: la primaria supervivencia que separa la vida de la muerte y la evolucionada conciencia que separa lo humano de lo animal. Dos fronteras que habitan en el hombre,  una que comparte con todos los seres vivos y le enfrenta al mundo y otra que se debate en su interior y le enfrenta consigo mismo y con los demás seres humanos a través de símbolos que nos definen como especie y como cultura.


El fuego es uno de esos símbolos, uno de los más antiguos y poderosos, capaz de convertir en cenizas un planeta y a la vez avivar una llama de dignidad, solidaridad y esperanza en el corazón de un niño. Lo fue en la oscura noche de los tiempos de la evolución humana para iluminarle el camino en todos los sentidos, cuando nuestros antepasados luchaban, como los personajes del film, contra la extinción en un medio hostil que ya se había llevado por delante varias especies de homínidos.
Conocemos por los restos fósiles de Atapuerca que hace cientos de miles de años eran capaces de practicar el canibalismo y el altruismo a la vez, un comportamiento contradictorio que se ha podido observar en conflictos recientes y que en general parece contemplarse en situaciones extremas como las que acontecen en esta película. Porque los símbolos aportan cohesión dentro de un mismo grupo cultural y enfrentamientos con otros grupos distintos, y aquí el fuego simboliza a los buenos, a los que aún albergan en su interior la luz de la razón y el calor de la emoción frente a la oscuridad y la frialdad de la sinrazón.

Es difícil saber con exactitud en qué momento se sitúan los hechos y las causas que motivaron la catástrofe planetaria en la que se desarrollan, pero se insinúa lo suficiente como para suponer un cataclismo medioambiental en el que el hombre, como mínimo, fue responsable de no saber prevenirlo a tiempo. No es un caso aislado, se trata de un tema recurrente en el cine que ha dejado clásicos de referencia como: “Cuando el destino nos alcance“, “El último hombre… vivo” o la saga “Mad Max”, y que recientemente  nos ha ofrecido una amplia oferta de títulos de ficción: “El libro de Eli”, “Bienvenidos a Zoombiland”, “Número 9”, “Terminator Salvation”, “Autumn”,  y documentales como: “2075: La crisis del clima” o “La Tierra sin habitantes (TV)”, por poner algunos ejemplos. Parece que en tiempos de crisis e incertidumbres ante el futuro, la industria se aprovecha del miedo atávico al fin del mundo como reclamo y aún nos tiene preparada una nueva remesa: “The Collapsed”, “The Walking Dead (TV Series)”, “Downstream”, etc.

Aunque si hay una película que me viene a la memoria de forma recurrente después de ver “The Road” es la soviética “Cartas de un hombre muerto” de Konstantin Lopushansky, inspirada en los textos de ciencia ficción de Harry Harrison, y en la que la figura paterna y la infancia centran el relato postapocalíptico. Si bien en lo formal es mucho más teatral y de mayor densidad existencial y filosófica.
No es el caso de “La carretera” que parte con una clara intención de no ir al límite, sino de encontrar un equilibrio entre la cruda violencia que salpica el texto original, que podría ahuyentar de las salas a buena parte de los espectadotes, y no alejarse demasiado de su argumento y tono desolador. Es tal el doble respeto, hacia público y escritor, que John Hillcoat no puede hacer suya la historia, no la adopta, simplemente la adapta, desde la admiración y con un cuidado formal impecable que la hacen transitar por una carretera intermedia entre el relato moderno y la filmación clásica, con una fotografía (Javier Aguirresarobe), un plantel de actores (Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duball, Guy Pearce) y una banda sonora (Nick Cave, Warren Ellis), en perfecta sintonía con las intenciones del realizador y de un lucimiento admirable, quizás demasiado para la oscuridad que encierra esta película.

No llegamos a respirar su atmósfera insana y sucia, aunque podemos sentir su trágico aliento poético, no provoca demasiada angustia existencial, pero si nos cuestiona, entristece más que inquieta y no alcanza el misterio que hay más allá de las preguntas, pero no resta para que en algún momento sintamos el peso y la pesadumbre que arrastra este héroe trágico, con desesperada determinación a lo largo de una odisea que supone su finalización y a la vez la iniciación de su hijo.
Mucho tienen que influir los sentimientos que despierta la paternidad para escribir una historia como esta, con frases del padre a su hijo como: “Si yo fuera Dios habría hecho el mundo así, exactamente así, y así te tendría” de un afirmador vitalismo que recuerda a la "¿Esto es la vida?, le diré a la muerte cuando llegue, pues que empiece otra vez" del Zaratustra de Nietzche, y que bien podría haber sido más simple, porque cuando ya no queda nada lo mejor es ser simple, como podría haber sido más compleja, escarbando en una carretera que no sabemos de donde viene ni a donde va, dividida por una línea blanca discontinua, una frontera por la que siempre han caminado juntas la vida y la muerte preguntándose ¿qué es el hombre?

“THE ROAD”: LA FRONTERA ADOPTADA, LA NOVELA ADAPTADA


Cuando para los europeos atravesar el océano Atlántico y llegar a Norteamérica aún suponía un viaje plagado de riesgos, la Costa Este delimitaba un continente prácticamente desconocido que era en sí mismo una vasta frontera que pretendían colonizar trasladando sus ideas, ambiciones y esperanzas en una nueva vida. Mucho antes que ellos, otros seres humanos venidos de Asia habían protagonizado y completado una odisea similar atravesando el estrecho de Bering y la fría Costa Noroeste y era inevitable que, tarde o temprano, se encontraran y se disputaran el territorio. A veces se olvida que cuando se produjo el choque, en el viejo y el nuevo mundo ya tenían lugar encarnizadas guerras entre los enemistados países de toda Europa y luchas entre las distintas naciones-tribus americanas por el control de tierras y recursos, y es algo que continuó en esos mismos escenarios una vez completado el dominio colonial.
A todo ello hay que añadir incontables epidemias, hambrunas y cambios medioambientales que pusieron a prueba la capacidad de adaptación de aquellas poblaciones, especialmente de las originarias de Norteamérica que hace unos 12.900 años debieron sufrir el impacto explosivo de los fragmentos de un cometa, provocando el calor suficiente para quemar toda la vegetación y dar lugar a una nube de cenizas que convirtió en extremas sus condiciones de vida y pudo acabar con la megafauna por inanición.

Todo este tipo de conflictos y desastres naturales castigan violentamente a los hombres desde su más remoto pasado y ocasionaron un cúmulo de sufrimiento, muerte y destrucción que acabó por modificar el mapa de fronteras destinadas a separar a las partes enfrentadas, según los intereses del ganador, pero ¿qué ocurriría si tras un desproporcionado desastre todos fuésemos perdedores, si nadie pudiera celebrar ninguna victoria y el sueño de un mundo sin fronteras no fuera fruto de un nuevo orden mundial, sino la pesadilla del caos más absoluto?

Cormac MacCarthy pareció recoger esta cuestión cuando escribió la novela “The Road” que le valió el Pulitzer en el año 2007. Estamos ante un autor que no sólo sabe moverse en el inestable y peligroso terreno de las distintas fronteras que separan de una u otra manera al hombre y le caracterizan en las situaciones límite, sino que las adopta para poder encarnarlas en sus personajes. Podemos encontrarlas en toda su obra y literalmente en títulos como: “En la frontera”, segunda parte de la llamada “Trilogía de la frontera”, como también en una de sus más aclamadas obras: “Meridiano de sangre” (de la que está prevista su versión cinematográfica a cargo de Todd Field), western que sitúa la acción en el territorio mítico comprendido entre Texas y México. Y es que, si bien la versión cinematográfica de “The Road” a cargo de John Hillcoat se adscribe al género postapocalíptico, también podría inaugurar un nuevo subgénero dentro del western denominado postcrepuscular, porque si el western nació en blanco y negro con tonos grises, y evolucionó hasta adquirir la categoría de clásico ganando color hasta la intensidad del technicolor, luego declinó hacia matices más crepusculares y en esta película palidece moribundo rindiéndose de nuevo a la gama de grises original.

Este director ya había probado suerte en los ambientes marginales del Far West, en esa tierra de nadie sometida aún a las leyes de la naturaleza, mientras las del hombre civilizado luchan por imponerse, con “La propuesta”, donde el guionista Nick Cave y el realizador trasladan no sólo las claves de la frontera americana a la australiana, intercambiando a los nativos por los aborígenes, sino una historia en la que parecen resonar los ecos de los personajes amorales y atormentados que viajan hacia “El corazón de las tinieblas” de Conrad y por el “Meridiano de sangre” de MacCarthy.

Al igual que aquellos pioneros del cine de la frontera americana se dirigían hacia la costa oeste en sus carros y carretas con los pocos enseres que poseían, armados, confiados en la palabra de Dios y acosados por los que ellos consideraban tribus de “indios salvajes”, ahora vemos emigrar a sus descendientes, protagonistas del film, hacia la costa sur con carros de supermercado paradójicamente vacíos de todo alimento, armados con un revólver, hablando de lo divino y de lo humano y amenazados por bandas de caníbales. Pero ahora el paisaje ya no es el mismo, no hay verdes praderas, ni ríos cristalinos, ni extensos bosques llenos de vida que recorten el horizonte azul, sino páramos estériles, cementerios de árboles carbonizados y ciudades esqueléticas que no se distinguen de un cielo que lo envuelve todo en una atmósfera fría y gris. Norteamérica no es país para viejos, no es un país para niños, no es un país, vuelve a ser sólo frontera, la primera y la última: la primaria supervivencia que separa la vida de la muerte y la evolucionada conciencia que separa lo humano de lo animal. Dos fronteras que habitan en el hombre,  una que comparte con todos los seres vivos y le enfrenta al mundo y otra que se debate en su interior y le enfrenta consigo mismo y con los demás seres humanos a través de símbolos que nos definen como especie y como cultura.


El fuego es uno de esos símbolos, uno de los más antiguos y poderosos, capaz de convertir en cenizas un planeta y a la vez avivar una llama de dignidad, solidaridad y esperanza en el corazón de un niño. Lo fue en la oscura noche de los tiempos de la evolución humana para iluminarle el camino en todos los sentidos, cuando nuestros antepasados luchaban, como los personajes del film, contra la extinción en un medio hostil que ya se había llevado por delante varias especies de homínidos.
Conocemos por los restos fósiles de Atapuerca que hace cientos de miles de años eran capaces de practicar el canibalismo y el altruismo a la vez, un comportamiento contradictorio que se ha podido observar en conflictos recientes y que en general parece contemplarse en situaciones extremas como las que acontecen en esta película. Porque los símbolos aportan cohesión dentro de un mismo grupo cultural y enfrentamientos con otros grupos distintos, y aquí el fuego simboliza a los buenos, a los que aún albergan en su interior la luz de la razón y el calor de la emoción frente a la oscuridad y la frialdad de la sinrazón.

Es difícil saber con exactitud en qué momento se sitúan los hechos y las causas que motivaron la catástrofe planetaria en la que se desarrollan, pero se insinúa lo suficiente como para suponer un cataclismo medioambiental en el que el hombre, como mínimo, fue responsable de no saber prevenirlo a tiempo. No es un caso aislado, se trata de un tema recurrente en el cine que ha dejado clásicos de referencia como: “Cuando el destino nos alcance“, “El último hombre… vivo” o la saga “Mad Max”, y que recientemente  nos ha ofrecido una amplia oferta de títulos de ficción: “El libro de Eli”, “Bienvenidos a Zoombiland”, “Número 9”, “Terminator Salvation”, “Autumn”,  y documentales como: “2075: La crisis del clima” o “La Tierra sin habitantes (TV)”, por poner algunos ejemplos. Parece que en tiempos de crisis e incertidumbres ante el futuro, la industria se aprovecha del miedo atávico al fin del mundo como reclamo y aún nos tiene preparada una nueva remesa: “The Collapsed”, “The Walking Dead (TV Series)”, “Downstream”, etc.

Aunque si hay una película que me viene a la memoria de forma recurrente después de ver “The Road” es la soviética “Cartas de un hombre muerto” de Konstantin Lopushansky, inspirada en los textos de ciencia ficción de Harry Harrison, y en la que la figura paterna y la infancia centran el relato postapocalíptico. Si bien en lo formal es mucho más teatral y de mayor densidad existencial y filosófica.
No es el caso de “La carretera” que parte con una clara intención de no ir al límite, sino de encontrar un equilibrio entre la cruda violencia que salpica el texto original, que podría ahuyentar de las salas a buena parte de los espectadotes, y no alejarse demasiado de su argumento y tono desolador. Es tal el doble respeto, hacia público y escritor, que John Hillcoat no puede hacer suya la historia, no la adopta, simplemente la adapta, desde la admiración y con un cuidado formal impecable que la hacen transitar por una carretera intermedia entre el relato moderno y la filmación clásica, con una fotografía (Javier Aguirresarobe), un plantel de actores (Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duball, Guy Pearce) y una banda sonora (Nick Cave, Warren Ellis), en perfecta sintonía con las intenciones del realizador y de un lucimiento admirable, quizás demasiado para la oscuridad que encierra esta película.

No llegamos a respirar su atmósfera insana y sucia, aunque podemos sentir su trágico aliento poético, no provoca demasiada angustia existencial, pero si nos cuestiona, entristece más que inquieta y no alcanza el misterio que hay más allá de las preguntas, pero no resta para que en algún momento sintamos el peso y la pesadumbre que arrastra este héroe trágico, con desesperada determinación a lo largo de una odisea que supone su finalización y a la vez la iniciación de su hijo.
Mucho tienen que influir los sentimientos que despierta la paternidad para escribir una historia como esta, con frases del padre a su hijo como: “Si yo fuera Dios habría hecho el mundo así, exactamente así, y así te tendría” de un afirmador vitalismo que recuerda a la "¿Esto es la vida?, le diré a la muerte cuando llegue, pues que empiece otra vez" del Zaratustra de Nietzche, y que bien podría haber sido más simple, porque cuando ya no queda nada lo mejor es ser simple, como podría haber sido más compleja, escarbando en una carretera que no sabemos de donde viene ni a donde va, dividida por una línea blanca discontinua, una frontera por la que siempre han caminado juntas la vida y la muerte preguntándose ¿qué es el hombre?

viernes, 29 de octubre de 2010

LA PRIMERA SECUENCIA GRABADA EN LA TIERRA




Millones de años separan la que fuera la primera pisada impresa en la tierra del antepasado bípedo del hombre, descendido de las seguras ramas del árbol, de la huella que dejó marcada el astronauta Neil Armstrong en la Luna después de bajar por los peldaños de la escalera del módulo espacial Apolo11. En el transcurso de todo ese tiempo, la evolución humana, tanto biológica como cultural, ha ido grabando en distintos formatos un rastro por las más variadas superficies y registrando los cambios en las secuencias de nuestros genes en lo más profundo de nuestra naturaleza, describiendo una trayectoria y escribiendo un guión “de película” que humildemente pretende seguir este blog, contagiándose en su desarrollo de la paciencia y curiosidad que debió animarla, aunque seguramente no alcanzará su mismo éxito.

Tal como ocurre hoy día con la mayoría de especies de simios, es de suponer que algún primate prehistórico aventurero o accidentado de nuestro linaje evolutivo tuviera que desplazarse eventualmente por el suelo sobre sus cuatro extremidades hasta alcanzar un nuevo tronco, pero estudios recientes parecen demostrar que antes de abandonar definitivamente las alturas de la selva nuestros antepasados directos ya eran bípedos, lo cual, entre otras ventajas, les concedió mayor libertad a sus manos para poder manipular mejor el medio que les rodeaba y dejar un nuevo tipo de huella, más intencional y utilitaria en los instrumentos que manipulaba. Además les sirvió, junto con la pérdida de pelo, para desarrollar la caza por persistencia a largas distancias y una mayor altura de miras que les permitió alcanzar y vislumbrar en la sabana un mayor horizonte de posibilidades.

En 1976 Mary Leakey descubrió en Laetoli la más antigua secuencia de pisadas grabadas en la tierra hallada hasta el momento, atribuida a tres australophitecus bípedos de hace 3,5 millones de años, contemporáneos de la famosa Lucy, que parecen abrir camino en África a las distintas migraciones y diseños evolutivos que competirán en una larga carrera por la supervivencia, en la que al final sólo podrá quedar uno.
Su rastro lo volvemos a encontrar en las huellas aparecidas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años pertenecientes ya al género homo, y así podríamos continuar rastreándolo, una vez iniciado el viaje del homo sapiens moderno fuera de África, por las cenizas del volcán Toba que alcanzaron la India, en los lodos del lago Xolotlán en América y Mungo en Australia o en las cuevas del área Franco-Cantabrica, siguiendo las marcas dejadas en su caminar por un niño que a la luz de su antorcha se adentró en la cueva Chauvet hace unos 29.000 años, y que quizás pudo contemplar las maravillosas pinturas que animan sus paredes.
Porque el hombre había añadido ya a la huella física de sus pisadas en el suelo, fruto de su paso y movimiento por la tierra, la huella simbólica de sus manos y pies en las paredes de cuevas y abrigos, que nos permitirá seguir el rastro de las inquietudes y proyecciones emergentes de su mente a través de sus representaciones artísticas.

En estos momentos en que se habla tanto de globalización, vivimos inmersos en la incertidumbre, porque aunque dominemos por completo la geografía del planeta, no sabemos de nuevo hacia donde se dirige el ser humano: hay miedo a la crisis económica, inquietud ante el cambio climático, preocupación ante el agotamiento de los recursos naturales, desconfianza interracial e intercultural y una creciente falta de referentes éticos e ideológicos.

Me pregunto que motivaría al pequeño grupo de antepasados de esta humanidad actual, a abandonar el continente Africano hace aproximadamente 70.000 años y lograr habitar todos los rincones de la tierra; quizás les empujarían la escasez de recursos o factores ambientales similares a los actuales o quizás no, pero lo que es seguro es que se enfrentaron a un viaje hacia lo desconocido con una determinación y cohesión social admirables y sin tantos medios tecnológicos como poseemos ahora. Lentamente vamos descubriendo algunas páginas sueltas del guión de esta gran aventura humana que van desenterrando e interpretando arqueólogos, antropólogos e historiadores, investigando en grupos interdisciplinares cada vez más complejos, mientras los artistas de todos los tiempos ilustraban las hojas del diario de sus rutas y nos dejaban pistas para encontrarnos a nosotros mismos.

La primera globalización tubo que ser, por tanto, necesariamente geográfica: la ocupación física del mundo por un grupo de partida muy reducido, apenas unos cientos de individuos, que en su deambular por el planeta durante un largo periodo de tiempo dejaron las mismas huellas de pies desnudos, para luego ir vistiéndolos según las distintas necesidades adaptativas e ir generando una gran diversidad de modos de calzar, reflejo de una creciente divergencia cultural por el paulatino aislamiento de las poblaciones.
Es seguro que se producirían contactos entre algunas de ellas antes de que el hombre llegara hasta el límite de los distintos territorios continentales, pero es en ese justo momento, en el que ya no queda más tierra firme por habitar, cuando daría comienzo una segunda globalización: un reencuentro, una especie de desandar el camino, ahora de doble sentido y en múltiples direcciones, desde las rutas prehistóricas, hasta las calzadas romanas, desde la Ruta de la Seda, hasta la búsqueda del Dorado, junto con el auge de las grandes expediciones a partir del siglo XVIII, y que culminará con el salto tecnológico que supone la revolución industrial, facilitando el intercambio casi inmediato de información, acortando las distancias físicas y acabando por enfrentar a todos los descendientes de aquellos pioneros africanos en distintas fases de desarrollo tecnológico.

Hoy día, aún podemos encontrar comunidades que caminan con los pies descalzos, pero no sería extraño encontrar junto a sus pisadas una variedad de marcas en el suelo directamente proporcional a las marcas comerciales de botas y deportivas, que se repiten a lo largo de todos los países de mundo como prueba de una tendencia convergente de los modelos estéticos dominantes, que han tenido en el cine y sus derivados audiovisuales su medio de transmisión más popular e influyente. De hecho la primera vez que el hombre pisó la luna fue una de las retransmisiones planetarias con más audiencia de la historia, en la que todo el mundo pudo escuchar la famosa frase de Armstrong: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y dejar su huella en el suelo lunar como una continuación de Hollywood Boulevard, donde los actores y actrices más famosos graban las de sus zapatos.


Si hiciéramos un montaje con las secuencias de las pisadas rodadas por todo tipo de cámaras y se proyectara, podríamos ver la película de los pasos que nos han traído hasta aquí, justo hasta donde estamos nosotros ahora, un momento en el que no sabemos cual es el siguiente paso a dar. Y eso que el cine se ha esforzado en mostrar un amplio abanico de posibilidades, ya que no sólo se ha dedicado a registrar de forma documental los hallazgos científicos, sino que también ha recreado la evolución humana y sus posibles destinos desde la ficción, en films como “2001” donde se nos sugiere que para encontrar las huellas del futuro quizás debamos elevar la vista del suelo y mirar al cielo.  
Ya se empieza a hablar de la posibilidad de un vuelo tripulado a Marte y es posible que cuando todos nos sintamos realmente una aldea global, seamos capaces de dejar nuestra huella en otro planeta e iniciar la primera “universalización”, porque en la inmensidad del universo, los actuales siete mil millones de habitantes de la Tierra, somos un grupo humano tan insignificante como lo fue en su día, el de esos pocos centenares de nuestros antepasados que dieron vueltas por el mundo hasta reencontrarse; y quien nos dice que en ese futuro viaje por las mismas estrellas que nos guiaron por tierra y por mar en el pasado, no podamos toparnos con unas huellas distintas a las nuestras y dar lugar a la segunda.

LA PRIMERA SECUENCIA GRABADA EN LA TIERRA




Millones de años separan la que fuera la primera pisada impresa en la tierra del antepasado bípedo del hombre, descendido de las seguras ramas del árbol, de la huella que dejó marcada el astronauta Neil Armstrong en la Luna después de bajar por los peldaños de la escalera del módulo espacial Apolo11. En el transcurso de todo ese tiempo, la evolución humana, tanto biológica como cultural, ha ido grabando en distintos formatos un rastro por las más variadas superficies y registrando los cambios en las secuencias de nuestros genes en lo más profundo de nuestra naturaleza, describiendo una trayectoria y escribiendo un guión “de película” que humildemente pretende seguir este blog, contagiándose en su desarrollo de la paciencia y curiosidad que debió animarla, aunque seguramente no alcanzará su mismo éxito.

Tal como ocurre hoy día con la mayoría de especies de simios, es de suponer que algún primate prehistórico aventurero o accidentado de nuestro linaje evolutivo tuviera que desplazarse eventualmente por el suelo sobre sus cuatro extremidades hasta alcanzar un nuevo tronco, pero estudios recientes parecen demostrar que antes de abandonar definitivamente las alturas de la selva nuestros antepasados directos ya eran bípedos, lo cual, entre otras ventajas, les concedió mayor libertad a sus manos para poder manipular mejor el medio que les rodeaba y dejar un nuevo tipo de huella, más intencional y utilitaria en los instrumentos que manipulaba. Además les sirvió, junto con la pérdida de pelo, para desarrollar la caza por persistencia a largas distancias y una mayor altura de miras que les permitió alcanzar y vislumbrar en la sabana un mayor horizonte de posibilidades.

En 1976 Mary Leakey descubrió en Laetoli la más antigua secuencia de pisadas grabadas en la tierra hallada hasta el momento, atribuida a tres australophitecus bípedos de hace 3,5 millones de años, contemporáneos de la famosa Lucy, que parecen abrir camino en África a las distintas migraciones y diseños evolutivos que competirán en una larga carrera por la supervivencia, en la que al final sólo podrá quedar uno.
Su rastro lo volvemos a encontrar en las huellas aparecidas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años pertenecientes ya al género homo, y así podríamos continuar rastreándolo, una vez iniciado el viaje del homo sapiens moderno fuera de África, por las cenizas del volcán Toba que alcanzaron la India, en los lodos del lago Xolotlán en América y Mungo en Australia o en las cuevas del área Franco-Cantabrica, siguiendo las marcas dejadas en su caminar por un niño que a la luz de su antorcha se adentró en la cueva Chauvet hace unos 29.000 años, y que quizás pudo contemplar las maravillosas pinturas que animan sus paredes.
Porque el hombre había añadido ya a la huella física de sus pisadas en el suelo, fruto de su paso y movimiento por la tierra, la huella simbólica de sus manos y pies en las paredes de cuevas y abrigos, que nos permitirá seguir el rastro de las inquietudes y proyecciones emergentes de su mente a través de sus representaciones artísticas.

En estos momentos en que se habla tanto de globalización, vivimos inmersos en la incertidumbre, porque aunque dominemos por completo la geografía del planeta, no sabemos de nuevo hacia donde se dirige el ser humano: hay miedo a la crisis económica, inquietud ante el cambio climático, preocupación ante el agotamiento de los recursos naturales, desconfianza interracial e intercultural y una creciente falta de referentes éticos e ideológicos.

Me pregunto que motivaría al pequeño grupo de antepasados de esta humanidad actual, a abandonar el continente Africano hace aproximadamente 70.000 años y lograr habitar todos los rincones de la tierra; quizás les empujarían la escasez de recursos o factores ambientales similares a los actuales o quizás no, pero lo que es seguro es que se enfrentaron a un viaje hacia lo desconocido con una determinación y cohesión social admirables y sin tantos medios tecnológicos como poseemos ahora. Lentamente vamos descubriendo algunas páginas sueltas del guión de esta gran aventura humana que van desenterrando e interpretando arqueólogos, antropólogos e historiadores, investigando en grupos interdisciplinares cada vez más complejos, mientras los artistas de todos los tiempos ilustraban las hojas del diario de sus rutas y nos dejaban pistas para encontrarnos a nosotros mismos.

La primera globalización tubo que ser, por tanto, necesariamente geográfica: la ocupación física del mundo por un grupo de partida muy reducido, apenas unos cientos de individuos, que en su deambular por el planeta durante un largo periodo de tiempo dejaron las mismas huellas de pies desnudos, para luego ir vistiéndolos según las distintas necesidades adaptativas e ir generando una gran diversidad de modos de calzar, reflejo de una creciente divergencia cultural por el paulatino aislamiento de las poblaciones.
Es seguro que se producirían contactos entre algunas de ellas antes de que el hombre llegara hasta el límite de los distintos territorios continentales, pero es en ese justo momento, en el que ya no queda más tierra firme por habitar, cuando daría comienzo una segunda globalización: un reencuentro, una especie de desandar el camino, ahora de doble sentido y en múltiples direcciones, desde las rutas prehistóricas, hasta las calzadas romanas, desde la Ruta de la Seda, hasta la búsqueda del Dorado, junto con el auge de las grandes expediciones a partir del siglo XVIII, y que culminará con el salto tecnológico que supone la revolución industrial, facilitando el intercambio casi inmediato de información, acortando las distancias físicas y acabando por enfrentar a todos los descendientes de aquellos pioneros africanos en distintas fases de desarrollo tecnológico.

Hoy día, aún podemos encontrar comunidades que caminan con los pies descalzos, pero no sería extraño encontrar junto a sus pisadas una variedad de marcas en el suelo directamente proporcional a las marcas comerciales de botas y deportivas, que se repiten a lo largo de todos los países de mundo como prueba de una tendencia convergente de los modelos estéticos dominantes, que han tenido en el cine y sus derivados audiovisuales su medio de transmisión más popular e influyente. De hecho la primera vez que el hombre pisó la luna fue una de las retransmisiones planetarias con más audiencia de la historia, en la que todo el mundo pudo escuchar la famosa frase de Armstrong: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y dejar su huella en el suelo lunar como una continuación de Hollywood Boulevard, donde los actores y actrices más famosos graban las de sus zapatos.


Si hiciéramos un montaje con las secuencias de las pisadas rodadas por todo tipo de cámaras y se proyectara, podríamos ver la película de los pasos que nos han traído hasta aquí, justo hasta donde estamos nosotros ahora, un momento en el que no sabemos cual es el siguiente paso a dar. Y eso que el cine se ha esforzado en mostrar un amplio abanico de posibilidades, ya que no sólo se ha dedicado a registrar de forma documental los hallazgos científicos, sino que también ha recreado la evolución humana y sus posibles destinos desde la ficción, en films como “2001” donde se nos sugiere que para encontrar las huellas del futuro quizás debamos elevar la vista del suelo y mirar al cielo.  
Ya se empieza a hablar de la posibilidad de un vuelo tripulado a Marte y es posible que cuando todos nos sintamos realmente una aldea global, seamos capaces de dejar nuestra huella en otro planeta e iniciar la primera “universalización”, porque en la inmensidad del universo, los actuales siete mil millones de habitantes de la Tierra, somos un grupo humano tan insignificante como lo fue en su día, el de esos pocos centenares de nuestros antepasados que dieron vueltas por el mundo hasta reencontrarse; y quien nos dice que en ese futuro viaje por las mismas estrellas que nos guiaron por tierra y por mar en el pasado, no podamos toparnos con unas huellas distintas a las nuestras y dar lugar a la segunda.

domingo, 3 de octubre de 2010

“EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON”, EL DOBLE SENTIDO DE LA VIDA


Hay películas que empiezan por un final y hay otras que por un principio, pero hay muy pocas que empiezan por un principio y un final a la vez, y “El curioso caso de Benjamín Button” es una de ellas. Donde vivo existe una frase tradicional, “El principio es el final”, que parece resonar con insistencia en cada plano de esta película y en el fino oído de su director, como un diapasón que le va sugiriendo la correcta afinación a lo largo de toda la obra.
Y es que David Fincher viene demostrando desde el principio de su carrera una precisión de relojero, a la hora de articular unos relatos que se convierten en  impecables mecanismos programados para esconder su mayor secreto hasta el final, y abrirse y sorprender en el momento justo. Un Alien, un psicópata, la verdadera naturaleza de un juego, Tyler Durden y Jodie Foster se protegen en sus películas en las habitaciones físicas y mentales más ocultas, esperando el instante más oportuno para golpear al espectador. Así fue hasta “Zodiac”, donde rompió con ese esquema ya desde la elección misma de un guión basado en unos sucesos reales cuyo desenlace era de sobra conocido por el público, de tal forma que se impedía desde el principio la posibilidad de revelar la identidad de lo escondido y provocar el clímax final.
En esa ocasión, trasladaba el centro de atención de lo oculto al proceso mismo de su investigación, lo importante ya no era tanto el objeto de estudio como las implicaciones que éste condiciona a su alrededor y la propia naturaleza del relato fílmico frente al reto de dar cohesión a tal cúmulo de información fragmentaria.
Un logro que supuso, a mi entender, un salto cualitativo que la convierte en una de las obras fundamentales de lo que llevamos de S.XXI, capaz de actualizar en la confusión de hoy día, los hallazgos de títulos tan significativos como lo fueron “A sangre fría” y “Todos los hombres del presidente” en las décadas de los 60 y 70.

Así que cuando se anunció su adaptación del cuento de Francis Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamín Button”, todo parecía indicar un nuevo giro, aún más inesperado, ¿cómo podía pasar de la novela periodística de vanguardia al relato fantástico-romántico de toda la vida? Y es que Fincher no sólo sorprende en el interior de sus películas, sino también fuera de ellas como lo demuestra la naturaleza de sus nuevos trabajos: con “La red social” vuelve a un acontecimiento real de gran repercusión y muestra claramente el interés y la atenta mirada de este director a la hora de observar y analizar las fuerzas y debilidades de la sociedad contemporánea, algo que ya estaba presente en sus anteriores trabajos como contexto necesario donde desarrollar la acción. Y si los rumores se confirman, parece que continuará con “Heavy Metal” una colaboración en un film colectivo de animación, “The Girl with the Dragon Tattoo” un remake del comienzo de la saga “Millennium” y con “Pawn Sacrifice” otro análisis psicológico de un enfrentamiento real con trasfondo social, ¿Quién da más?

Desconozco las motivaciones que impulsan a David Fincher a la hora de seleccionar sus proyectos, pero ya sea por cuestiones económicas, contractuales o artísticas, en mi opinión siempre ha conseguido imprimir su sello personal, crecer como un cineasta cada vez más versátil y dotar a cada uno de ellos de valores cinematográficos apreciables, independientemente de que, como ocurre en la mayoría de la cinematografías, no todos alcancen el mismo nivel de calidad.

En “El curioso caso de Benjamin Button”, nuestro director sabe adaptarse a esta clase de realismo mágico con honestidad, desde el principio nos presenta por un lado la extraordinaria naturaleza del protagonista, quedando así libre para ir revelando la sensibilidad y las enseñanzas que se desprenden de su singular vida, y por otro lado la del relato, un cuento narrado en primera, segunda y tercera persona. Tres narradores en esta historia única que bien podrían ser tres historias, una que va naciendo junto a otra que va muriendo y que se cruzan para dar a luz una tercera que lee entre líneas la suya propia.

No nos engaña en ningún momento, allí donde otros sólo nos quieren “contar un cuento”, él nos revela la verdad que subyace en los cuentos de toda la vida, de toda una curiosa vida; se muestra consciente de las posibilidades del género y se aprovecha de ellas como contrapunto para poner de manifiesto facetas de la condición humana difíciles de explorar desde la perspectiva tradicional.


Nuestro hábil relojero pone en marcha su nuevo artilugio, incorpora un reloj especial llamado Benjamin cuyas agujas se mueven en sentido contrario al habitual, pero es que esta vez no se trata de medir el tiempo, sino de darle sentido, así que al abrir su tapa descubrimos también el mecanismo de una preciosa cajita de música en la que vemos elevarse y crecer una bailarina llamada Daisy que gira de izquierda a derecha. Dos seres que avanzan en doble y contrario sentido, pero en la misma dirección, si no ¿como podrían encontrarse y qué sentido tendría entonces su vida? 
Dos formas de latir, una bailarina al compás del tic tac y un reloj al ritmo de tac tic, dos latidos que buscan fundirse en el mismo corazón de la película, anularse y detener el tiempo por un instante, la búsqueda eterna del arte, la batalla perdida a la que queremos siempre arrebatar un momento y habitarlo para siempre, robarle a la vida un fotograma imborrable en la retina del tiempo.

Podría intentar descifrar y traducir en palabras como ha conseguido el director no sólo que todo encaje, sino que no te enteres de qué, de cuándo, de cómo y de  por qué encaja… podría seguir analizando el deslumbrante dominio técnico de todo el aparato que rodea esta película, hablar de genialidad o quizás como Benjamín, tan sólo responder con las mínimas palabras para no estropear la intensidad del momento, pues el secreto reside ahí: en la sensibilidad necesaria para captar la emergencia de la emoción y sostenerla en la contención de los gestos, cuidando exquisitamente el tiempo interno de cada plano, sin armar las secuencias, sino armonizándolas, mimando hasta el último detalle para que todo gravite en torno al drama, dejándole fluir suspendido como una melodía dentro de la partitura de un ballet, atravesando allegros, adagios y requiems sin perder el compás ni el tono elegiaco del conjunto de la composición y permitiendo a los bailarines mantener la línea perfecta incluso tumbados en la cama de un hospital o en el regazo de su amada.

Al igual que Button, Fincher no sobrecarga ningún momento y dota a la película de un nivel de tensión que se mantiene con ligeras fluctuaciones hasta el final, sin buscar clímax rotundos, ni giros sobresaltados. Puede parecer simple, lenta y aburrida, una colección de postales bonitas con una música bonita y que incluso alguna postal esté de más, pero no es fácil encontrar la cadencia adecuada para contar una historia de este tipo sin caer en la cursilería, y más difícil aún si se le impide a su director realizar el montaje final. Así que creo que aún tiene más mérito que aceptara el reto y supiese dotar al film de la suficiente dosis de dignidad como para superar el riesgo de la ridícula sensiblería.

Se apoya para ambientar la narración en una fotografía ensoñadora a cargo de Claudio Miranda, que parece ilustrar las páginas de un cuento antiguo con recuerdos color sepia de los años 20, y en una música íntima y evocadora, que consigue remover imperceptiblemente los resortes más secretos de todo el engranaje emocional, compuesta por Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores de bandas sonoras cargadas de sentido romanticismo, ideales para cajitas de música.

Aunque una gran parte de la producción de Hollywood se empeña en repetir el rentable y probado esquema del cuento tradicional popular, todavía quedan autores que son capaces de convertirlo en leyenda, porque el caso de Benjamin Button no será real, pero si una leyenda desarrolla una ficción sobe la base de algún acontecimiento verdadero el trasfondo de humanidad y sabiduría vital que se percibe en esta película transmite más verdad que la que se presupone a muchos documentales, y su héroe podría formar parte del destino de alguna de las mejores tragedias clásicas.

Hasta ahora Fincher había conseguido inquietarme, indisponerme, divertirme, asombrarme o descubrirme ante su talento, pero ahora también ha logrado conmoverme con esta historia y rendirme a su maestría, pues creo que un maestro es aquel que es capaz de mostrarnos aquello que aún no somos capaces de apreciar por estar demasiado oculto o ser demasiado evidente, y que en última instancia, nos enseña a pensar por nosotros mismos y en el caso del cine a soñar con los demás.

“EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON”, EL DOBLE SENTIDO DE LA VIDA


Hay películas que empiezan por un final y hay otras que por un principio, pero hay muy pocas que empiezan por un principio y un final a la vez, y “El curioso caso de Benjamín Button” es una de ellas. Donde vivo existe una frase tradicional, “El principio es el final”, que parece resonar con insistencia en cada plano de esta película y en el fino oído de su director, como un diapasón que le va sugiriendo la correcta afinación a lo largo de toda la obra.
Y es que David Fincher viene demostrando desde el principio de su carrera una precisión de relojero, a la hora de articular unos relatos que se convierten en  impecables mecanismos programados para esconder su mayor secreto hasta el final, y abrirse y sorprender en el momento justo. Un Alien, un psicópata, la verdadera naturaleza de un juego, Tyler Durden y Jodie Foster se protegen en sus películas en las habitaciones físicas y mentales más ocultas, esperando el instante más oportuno para golpear al espectador. Así fue hasta “Zodiac”, donde rompió con ese esquema ya desde la elección misma de un guión basado en unos sucesos reales cuyo desenlace era de sobra conocido por el público, de tal forma que se impedía desde el principio la posibilidad de revelar la identidad de lo escondido y provocar el clímax final.
En esa ocasión, trasladaba el centro de atención de lo oculto al proceso mismo de su investigación, lo importante ya no era tanto el objeto de estudio como las implicaciones que éste condiciona a su alrededor y la propia naturaleza del relato fílmico frente al reto de dar cohesión a tal cúmulo de información fragmentaria.
Un logro que supuso, a mi entender, un salto cualitativo que la convierte en una de las obras fundamentales de lo que llevamos de S.XXI, capaz de actualizar en la confusión de hoy día, los hallazgos de títulos tan significativos como lo fueron “A sangre fría” y “Todos los hombres del presidente” en las décadas de los 60 y 70.

Así que cuando se anunció su adaptación del cuento de Francis Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamín Button”, todo parecía indicar un nuevo giro, aún más inesperado, ¿cómo podía pasar de la novela periodística de vanguardia al relato fantástico-romántico de toda la vida? Y es que Fincher no sólo sorprende en el interior de sus películas, sino también fuera de ellas como lo demuestra la naturaleza de sus nuevos trabajos: con “La red social” vuelve a un acontecimiento real de gran repercusión y muestra claramente el interés y la atenta mirada de este director a la hora de observar y analizar las fuerzas y debilidades de la sociedad contemporánea, algo que ya estaba presente en sus anteriores trabajos como contexto necesario donde desarrollar la acción. Y si los rumores se confirman, parece que continuará con “Heavy Metal” una colaboración en un film colectivo de animación, “The Girl with the Dragon Tattoo” un remake del comienzo de la saga “Millennium” y con “Pawn Sacrifice” otro análisis psicológico de un enfrentamiento real con trasfondo social, ¿Quién da más?

Desconozco las motivaciones que impulsan a David Fincher a la hora de seleccionar sus proyectos, pero ya sea por cuestiones económicas, contractuales o artísticas, en mi opinión siempre ha conseguido imprimir su sello personal, crecer como un cineasta cada vez más versátil y dotar a cada uno de ellos de valores cinematográficos apreciables, independientemente de que, como ocurre en la mayoría de la cinematografías, no todos alcancen el mismo nivel de calidad.

En “El curioso caso de Benjamin Button”, nuestro director sabe adaptarse a esta clase de realismo mágico con honestidad, desde el principio nos presenta por un lado la extraordinaria naturaleza del protagonista, quedando así libre para ir revelando la sensibilidad y las enseñanzas que se desprenden de su singular vida, y por otro lado la del relato, un cuento narrado en primera, segunda y tercera persona. Tres narradores en esta historia única que bien podrían ser tres historias, una que va naciendo junto a otra que va muriendo y que se cruzan para dar a luz una tercera que lee entre líneas la suya propia.

No nos engaña en ningún momento, allí donde otros sólo nos quieren “contar un cuento”, él nos revela la verdad que subyace en los cuentos de toda la vida, de toda una curiosa vida; se muestra consciente de las posibilidades del género y se aprovecha de ellas como contrapunto para poner de manifiesto facetas de la condición humana difíciles de explorar desde la perspectiva tradicional.


Nuestro hábil relojero pone en marcha su nuevo artilugio, incorpora un reloj especial llamado Benjamin cuyas agujas se mueven en sentido contrario al habitual, pero es que esta vez no se trata de medir el tiempo, sino de darle sentido, así que al abrir su tapa descubrimos también el mecanismo de una preciosa cajita de música en la que vemos elevarse y crecer una bailarina llamada Daisy que gira de izquierda a derecha. Dos seres que avanzan en doble y contrario sentido, pero en la misma dirección, si no ¿como podrían encontrarse y qué sentido tendría entonces su vida? 
Dos formas de latir, una bailarina al compás del tic tac y un reloj al ritmo de tac tic, dos latidos que buscan fundirse en el mismo corazón de la película, anularse y detener el tiempo por un instante, la búsqueda eterna del arte, la batalla perdida a la que queremos siempre arrebatar un momento y habitarlo para siempre, robarle a la vida un fotograma imborrable en la retina del tiempo.

Podría intentar descifrar y traducir en palabras como ha conseguido el director no sólo que todo encaje, sino que no te enteres de qué, de cuándo, de cómo y de  por qué encaja… podría seguir analizando el deslumbrante dominio técnico de todo el aparato que rodea esta película, hablar de genialidad o quizás como Benjamín, tan sólo responder con las mínimas palabras para no estropear la intensidad del momento, pues el secreto reside ahí: en la sensibilidad necesaria para captar la emergencia de la emoción y sostenerla en la contención de los gestos, cuidando exquisitamente el tiempo interno de cada plano, sin armar las secuencias, sino armonizándolas, mimando hasta el último detalle para que todo gravite en torno al drama, dejándole fluir suspendido como una melodía dentro de la partitura de un ballet, atravesando allegros, adagios y requiems sin perder el compás ni el tono elegiaco del conjunto de la composición y permitiendo a los bailarines mantener la línea perfecta incluso tumbados en la cama de un hospital o en el regazo de su amada.

Al igual que Button, Fincher no sobrecarga ningún momento y dota a la película de un nivel de tensión que se mantiene con ligeras fluctuaciones hasta el final, sin buscar clímax rotundos, ni giros sobresaltados. Puede parecer simple, lenta y aburrida, una colección de postales bonitas con una música bonita y que incluso alguna postal esté de más, pero no es fácil encontrar la cadencia adecuada para contar una historia de este tipo sin caer en la cursilería, y más difícil aún si se le impide a su director realizar el montaje final. Así que creo que aún tiene más mérito que aceptara el reto y supiese dotar al film de la suficiente dosis de dignidad como para superar el riesgo de la ridícula sensiblería.

Se apoya para ambientar la narración en una fotografía ensoñadora a cargo de Claudio Miranda, que parece ilustrar las páginas de un cuento antiguo con recuerdos color sepia de los años 20, y en una música íntima y evocadora, que consigue remover imperceptiblemente los resortes más secretos de todo el engranaje emocional, compuesta por Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores de bandas sonoras cargadas de sentido romanticismo, ideales para cajitas de música.

Aunque una gran parte de la producción de Hollywood se empeña en repetir el rentable y probado esquema del cuento tradicional popular, todavía quedan autores que son capaces de convertirlo en leyenda, porque el caso de Benjamin Button no será real, pero si una leyenda desarrolla una ficción sobe la base de algún acontecimiento verdadero el trasfondo de humanidad y sabiduría vital que se percibe en esta película transmite más verdad que la que se presupone a muchos documentales, y su héroe podría formar parte del destino de alguna de las mejores tragedias clásicas.

Hasta ahora Fincher había conseguido inquietarme, indisponerme, divertirme, asombrarme o descubrirme ante su talento, pero ahora también ha logrado conmoverme con esta historia y rendirme a su maestría, pues creo que un maestro es aquel que es capaz de mostrarnos aquello que aún no somos capaces de apreciar por estar demasiado oculto o ser demasiado evidente, y que en última instancia, nos enseña a pensar por nosotros mismos y en el caso del cine a soñar con los demás.