cine

EL CINE SIEMPRE ESTUVO EN NUESTRA MENTE AL ALCANCE DE LA MANO

viernes, 29 de octubre de 2010

LA PRIMERA SECUENCIA GRABADA EN LA TIERRA




Millones de años separan la que fuera la primera pisada impresa en la tierra del antepasado bípedo del hombre, descendido de las seguras ramas del árbol, de la huella que dejó marcada el astronauta Neil Armstrong en la Luna después de bajar por los peldaños de la escalera del módulo espacial Apolo11. En el transcurso de todo ese tiempo, la evolución humana, tanto biológica como cultural, ha ido grabando en distintos formatos un rastro por las más variadas superficies y registrando los cambios en las secuencias de nuestros genes en lo más profundo de nuestra naturaleza, describiendo una trayectoria y escribiendo un guión “de película” que humildemente pretende seguir este blog, contagiándose en su desarrollo de la paciencia y curiosidad que debió animarla, aunque seguramente no alcanzará su mismo éxito.

Tal como ocurre hoy día con la mayoría de especies de simios, es de suponer que algún primate prehistórico aventurero o accidentado de nuestro linaje evolutivo tuviera que desplazarse eventualmente por el suelo sobre sus cuatro extremidades hasta alcanzar un nuevo tronco, pero estudios recientes parecen demostrar que antes de abandonar definitivamente las alturas de la selva nuestros antepasados directos ya eran bípedos, lo cual, entre otras ventajas, les concedió mayor libertad a sus manos para poder manipular mejor el medio que les rodeaba y dejar un nuevo tipo de huella, más intencional y utilitaria en los instrumentos que manipulaba. Además les sirvió, junto con la pérdida de pelo, para desarrollar la caza por persistencia a largas distancias y una mayor altura de miras que les permitió alcanzar y vislumbrar en la sabana un mayor horizonte de posibilidades.

En 1976 Mary Leakey descubrió en Laetoli la más antigua secuencia de pisadas grabadas en la tierra hallada hasta el momento, atribuida a tres australophitecus bípedos de hace 3,5 millones de años, contemporáneos de la famosa Lucy, que parecen abrir camino en África a las distintas migraciones y diseños evolutivos que competirán en una larga carrera por la supervivencia, en la que al final sólo podrá quedar uno.
Su rastro lo volvemos a encontrar en las huellas aparecidas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años pertenecientes ya al género homo, y así podríamos continuar rastreándolo, una vez iniciado el viaje del homo sapiens moderno fuera de África, por las cenizas del volcán Toba que alcanzaron la India, en los lodos del lago Xolotlán en América y Mungo en Australia o en las cuevas del área Franco-Cantabrica, siguiendo las marcas dejadas en su caminar por un niño que a la luz de su antorcha se adentró en la cueva Chauvet hace unos 29.000 años, y que quizás pudo contemplar las maravillosas pinturas que animan sus paredes.
Porque el hombre había añadido ya a la huella física de sus pisadas en el suelo, fruto de su paso y movimiento por la tierra, la huella simbólica de sus manos y pies en las paredes de cuevas y abrigos, que nos permitirá seguir el rastro de las inquietudes y proyecciones emergentes de su mente a través de sus representaciones artísticas.

En estos momentos en que se habla tanto de globalización, vivimos inmersos en la incertidumbre, porque aunque dominemos por completo la geografía del planeta, no sabemos de nuevo hacia donde se dirige el ser humano: hay miedo a la crisis económica, inquietud ante el cambio climático, preocupación ante el agotamiento de los recursos naturales, desconfianza interracial e intercultural y una creciente falta de referentes éticos e ideológicos.

Me pregunto que motivaría al pequeño grupo de antepasados de esta humanidad actual, a abandonar el continente Africano hace aproximadamente 70.000 años y lograr habitar todos los rincones de la tierra; quizás les empujarían la escasez de recursos o factores ambientales similares a los actuales o quizás no, pero lo que es seguro es que se enfrentaron a un viaje hacia lo desconocido con una determinación y cohesión social admirables y sin tantos medios tecnológicos como poseemos ahora. Lentamente vamos descubriendo algunas páginas sueltas del guión de esta gran aventura humana que van desenterrando e interpretando arqueólogos, antropólogos e historiadores, investigando en grupos interdisciplinares cada vez más complejos, mientras los artistas de todos los tiempos ilustraban las hojas del diario de sus rutas y nos dejaban pistas para encontrarnos a nosotros mismos.

La primera globalización tubo que ser, por tanto, necesariamente geográfica: la ocupación física del mundo por un grupo de partida muy reducido, apenas unos cientos de individuos, que en su deambular por el planeta durante un largo periodo de tiempo dejaron las mismas huellas de pies desnudos, para luego ir vistiéndolos según las distintas necesidades adaptativas e ir generando una gran diversidad de modos de calzar, reflejo de una creciente divergencia cultural por el paulatino aislamiento de las poblaciones.
Es seguro que se producirían contactos entre algunas de ellas antes de que el hombre llegara hasta el límite de los distintos territorios continentales, pero es en ese justo momento, en el que ya no queda más tierra firme por habitar, cuando daría comienzo una segunda globalización: un reencuentro, una especie de desandar el camino, ahora de doble sentido y en múltiples direcciones, desde las rutas prehistóricas, hasta las calzadas romanas, desde la Ruta de la Seda, hasta la búsqueda del Dorado, junto con el auge de las grandes expediciones a partir del siglo XVIII, y que culminará con el salto tecnológico que supone la revolución industrial, facilitando el intercambio casi inmediato de información, acortando las distancias físicas y acabando por enfrentar a todos los descendientes de aquellos pioneros africanos en distintas fases de desarrollo tecnológico.

Hoy día, aún podemos encontrar comunidades que caminan con los pies descalzos, pero no sería extraño encontrar junto a sus pisadas una variedad de marcas en el suelo directamente proporcional a las marcas comerciales de botas y deportivas, que se repiten a lo largo de todos los países de mundo como prueba de una tendencia convergente de los modelos estéticos dominantes, que han tenido en el cine y sus derivados audiovisuales su medio de transmisión más popular e influyente. De hecho la primera vez que el hombre pisó la luna fue una de las retransmisiones planetarias con más audiencia de la historia, en la que todo el mundo pudo escuchar la famosa frase de Armstrong: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y dejar su huella en el suelo lunar como una continuación de Hollywood Boulevard, donde los actores y actrices más famosos graban las de sus zapatos.


Si hiciéramos un montaje con las secuencias de las pisadas rodadas por todo tipo de cámaras y se proyectara, podríamos ver la película de los pasos que nos han traído hasta aquí, justo hasta donde estamos nosotros ahora, un momento en el que no sabemos cual es el siguiente paso a dar. Y eso que el cine se ha esforzado en mostrar un amplio abanico de posibilidades, ya que no sólo se ha dedicado a registrar de forma documental los hallazgos científicos, sino que también ha recreado la evolución humana y sus posibles destinos desde la ficción, en films como “2001” donde se nos sugiere que para encontrar las huellas del futuro quizás debamos elevar la vista del suelo y mirar al cielo.  
Ya se empieza a hablar de la posibilidad de un vuelo tripulado a Marte y es posible que cuando todos nos sintamos realmente una aldea global, seamos capaces de dejar nuestra huella en otro planeta e iniciar la primera “universalización”, porque en la inmensidad del universo, los actuales siete mil millones de habitantes de la Tierra, somos un grupo humano tan insignificante como lo fue en su día, el de esos pocos centenares de nuestros antepasados que dieron vueltas por el mundo hasta reencontrarse; y quien nos dice que en ese futuro viaje por las mismas estrellas que nos guiaron por tierra y por mar en el pasado, no podamos toparnos con unas huellas distintas a las nuestras y dar lugar a la segunda.

LA PRIMERA SECUENCIA GRABADA EN LA TIERRA




Millones de años separan la que fuera la primera pisada impresa en la tierra del antepasado bípedo del hombre, descendido de las seguras ramas del árbol, de la huella que dejó marcada el astronauta Neil Armstrong en la Luna después de bajar por los peldaños de la escalera del módulo espacial Apolo11. En el transcurso de todo ese tiempo, la evolución humana, tanto biológica como cultural, ha ido grabando en distintos formatos un rastro por las más variadas superficies y registrando los cambios en las secuencias de nuestros genes en lo más profundo de nuestra naturaleza, describiendo una trayectoria y escribiendo un guión “de película” que humildemente pretende seguir este blog, contagiándose en su desarrollo de la paciencia y curiosidad que debió animarla, aunque seguramente no alcanzará su mismo éxito.

Tal como ocurre hoy día con la mayoría de especies de simios, es de suponer que algún primate prehistórico aventurero o accidentado de nuestro linaje evolutivo tuviera que desplazarse eventualmente por el suelo sobre sus cuatro extremidades hasta alcanzar un nuevo tronco, pero estudios recientes parecen demostrar que antes de abandonar definitivamente las alturas de la selva nuestros antepasados directos ya eran bípedos, lo cual, entre otras ventajas, les concedió mayor libertad a sus manos para poder manipular mejor el medio que les rodeaba y dejar un nuevo tipo de huella, más intencional y utilitaria en los instrumentos que manipulaba. Además les sirvió, junto con la pérdida de pelo, para desarrollar la caza por persistencia a largas distancias y una mayor altura de miras que les permitió alcanzar y vislumbrar en la sabana un mayor horizonte de posibilidades.

En 1976 Mary Leakey descubrió en Laetoli la más antigua secuencia de pisadas grabadas en la tierra hallada hasta el momento, atribuida a tres australophitecus bípedos de hace 3,5 millones de años, contemporáneos de la famosa Lucy, que parecen abrir camino en África a las distintas migraciones y diseños evolutivos que competirán en una larga carrera por la supervivencia, en la que al final sólo podrá quedar uno.
Su rastro lo volvemos a encontrar en las huellas aparecidas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años pertenecientes ya al género homo, y así podríamos continuar rastreándolo, una vez iniciado el viaje del homo sapiens moderno fuera de África, por las cenizas del volcán Toba que alcanzaron la India, en los lodos del lago Xolotlán en América y Mungo en Australia o en las cuevas del área Franco-Cantabrica, siguiendo las marcas dejadas en su caminar por un niño que a la luz de su antorcha se adentró en la cueva Chauvet hace unos 29.000 años, y que quizás pudo contemplar las maravillosas pinturas que animan sus paredes.
Porque el hombre había añadido ya a la huella física de sus pisadas en el suelo, fruto de su paso y movimiento por la tierra, la huella simbólica de sus manos y pies en las paredes de cuevas y abrigos, que nos permitirá seguir el rastro de las inquietudes y proyecciones emergentes de su mente a través de sus representaciones artísticas.

En estos momentos en que se habla tanto de globalización, vivimos inmersos en la incertidumbre, porque aunque dominemos por completo la geografía del planeta, no sabemos de nuevo hacia donde se dirige el ser humano: hay miedo a la crisis económica, inquietud ante el cambio climático, preocupación ante el agotamiento de los recursos naturales, desconfianza interracial e intercultural y una creciente falta de referentes éticos e ideológicos.

Me pregunto que motivaría al pequeño grupo de antepasados de esta humanidad actual, a abandonar el continente Africano hace aproximadamente 70.000 años y lograr habitar todos los rincones de la tierra; quizás les empujarían la escasez de recursos o factores ambientales similares a los actuales o quizás no, pero lo que es seguro es que se enfrentaron a un viaje hacia lo desconocido con una determinación y cohesión social admirables y sin tantos medios tecnológicos como poseemos ahora. Lentamente vamos descubriendo algunas páginas sueltas del guión de esta gran aventura humana que van desenterrando e interpretando arqueólogos, antropólogos e historiadores, investigando en grupos interdisciplinares cada vez más complejos, mientras los artistas de todos los tiempos ilustraban las hojas del diario de sus rutas y nos dejaban pistas para encontrarnos a nosotros mismos.

La primera globalización tubo que ser, por tanto, necesariamente geográfica: la ocupación física del mundo por un grupo de partida muy reducido, apenas unos cientos de individuos, que en su deambular por el planeta durante un largo periodo de tiempo dejaron las mismas huellas de pies desnudos, para luego ir vistiéndolos según las distintas necesidades adaptativas e ir generando una gran diversidad de modos de calzar, reflejo de una creciente divergencia cultural por el paulatino aislamiento de las poblaciones.
Es seguro que se producirían contactos entre algunas de ellas antes de que el hombre llegara hasta el límite de los distintos territorios continentales, pero es en ese justo momento, en el que ya no queda más tierra firme por habitar, cuando daría comienzo una segunda globalización: un reencuentro, una especie de desandar el camino, ahora de doble sentido y en múltiples direcciones, desde las rutas prehistóricas, hasta las calzadas romanas, desde la Ruta de la Seda, hasta la búsqueda del Dorado, junto con el auge de las grandes expediciones a partir del siglo XVIII, y que culminará con el salto tecnológico que supone la revolución industrial, facilitando el intercambio casi inmediato de información, acortando las distancias físicas y acabando por enfrentar a todos los descendientes de aquellos pioneros africanos en distintas fases de desarrollo tecnológico.

Hoy día, aún podemos encontrar comunidades que caminan con los pies descalzos, pero no sería extraño encontrar junto a sus pisadas una variedad de marcas en el suelo directamente proporcional a las marcas comerciales de botas y deportivas, que se repiten a lo largo de todos los países de mundo como prueba de una tendencia convergente de los modelos estéticos dominantes, que han tenido en el cine y sus derivados audiovisuales su medio de transmisión más popular e influyente. De hecho la primera vez que el hombre pisó la luna fue una de las retransmisiones planetarias con más audiencia de la historia, en la que todo el mundo pudo escuchar la famosa frase de Armstrong: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y dejar su huella en el suelo lunar como una continuación de Hollywood Boulevard, donde los actores y actrices más famosos graban las de sus zapatos.


Si hiciéramos un montaje con las secuencias de las pisadas rodadas por todo tipo de cámaras y se proyectara, podríamos ver la película de los pasos que nos han traído hasta aquí, justo hasta donde estamos nosotros ahora, un momento en el que no sabemos cual es el siguiente paso a dar. Y eso que el cine se ha esforzado en mostrar un amplio abanico de posibilidades, ya que no sólo se ha dedicado a registrar de forma documental los hallazgos científicos, sino que también ha recreado la evolución humana y sus posibles destinos desde la ficción, en films como “2001” donde se nos sugiere que para encontrar las huellas del futuro quizás debamos elevar la vista del suelo y mirar al cielo.  
Ya se empieza a hablar de la posibilidad de un vuelo tripulado a Marte y es posible que cuando todos nos sintamos realmente una aldea global, seamos capaces de dejar nuestra huella en otro planeta e iniciar la primera “universalización”, porque en la inmensidad del universo, los actuales siete mil millones de habitantes de la Tierra, somos un grupo humano tan insignificante como lo fue en su día, el de esos pocos centenares de nuestros antepasados que dieron vueltas por el mundo hasta reencontrarse; y quien nos dice que en ese futuro viaje por las mismas estrellas que nos guiaron por tierra y por mar en el pasado, no podamos toparnos con unas huellas distintas a las nuestras y dar lugar a la segunda.

domingo, 3 de octubre de 2010

“EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON”, EL DOBLE SENTIDO DE LA VIDA


Hay películas que empiezan por un final y hay otras que por un principio, pero hay muy pocas que empiezan por un principio y un final a la vez, y “El curioso caso de Benjamín Button” es una de ellas. Donde vivo existe una frase tradicional, “El principio es el final”, que parece resonar con insistencia en cada plano de esta película y en el fino oído de su director, como un diapasón que le va sugiriendo la correcta afinación a lo largo de toda la obra.
Y es que David Fincher viene demostrando desde el principio de su carrera una precisión de relojero, a la hora de articular unos relatos que se convierten en  impecables mecanismos programados para esconder su mayor secreto hasta el final, y abrirse y sorprender en el momento justo. Un Alien, un psicópata, la verdadera naturaleza de un juego, Tyler Durden y Jodie Foster se protegen en sus películas en las habitaciones físicas y mentales más ocultas, esperando el instante más oportuno para golpear al espectador. Así fue hasta “Zodiac”, donde rompió con ese esquema ya desde la elección misma de un guión basado en unos sucesos reales cuyo desenlace era de sobra conocido por el público, de tal forma que se impedía desde el principio la posibilidad de revelar la identidad de lo escondido y provocar el clímax final.
En esa ocasión, trasladaba el centro de atención de lo oculto al proceso mismo de su investigación, lo importante ya no era tanto el objeto de estudio como las implicaciones que éste condiciona a su alrededor y la propia naturaleza del relato fílmico frente al reto de dar cohesión a tal cúmulo de información fragmentaria.
Un logro que supuso, a mi entender, un salto cualitativo que la convierte en una de las obras fundamentales de lo que llevamos de S.XXI, capaz de actualizar en la confusión de hoy día, los hallazgos de títulos tan significativos como lo fueron “A sangre fría” y “Todos los hombres del presidente” en las décadas de los 60 y 70.

Así que cuando se anunció su adaptación del cuento de Francis Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamín Button”, todo parecía indicar un nuevo giro, aún más inesperado, ¿cómo podía pasar de la novela periodística de vanguardia al relato fantástico-romántico de toda la vida? Y es que Fincher no sólo sorprende en el interior de sus películas, sino también fuera de ellas como lo demuestra la naturaleza de sus nuevos trabajos: con “La red social” vuelve a un acontecimiento real de gran repercusión y muestra claramente el interés y la atenta mirada de este director a la hora de observar y analizar las fuerzas y debilidades de la sociedad contemporánea, algo que ya estaba presente en sus anteriores trabajos como contexto necesario donde desarrollar la acción. Y si los rumores se confirman, parece que continuará con “Heavy Metal” una colaboración en un film colectivo de animación, “The Girl with the Dragon Tattoo” un remake del comienzo de la saga “Millennium” y con “Pawn Sacrifice” otro análisis psicológico de un enfrentamiento real con trasfondo social, ¿Quién da más?

Desconozco las motivaciones que impulsan a David Fincher a la hora de seleccionar sus proyectos, pero ya sea por cuestiones económicas, contractuales o artísticas, en mi opinión siempre ha conseguido imprimir su sello personal, crecer como un cineasta cada vez más versátil y dotar a cada uno de ellos de valores cinematográficos apreciables, independientemente de que, como ocurre en la mayoría de la cinematografías, no todos alcancen el mismo nivel de calidad.

En “El curioso caso de Benjamin Button”, nuestro director sabe adaptarse a esta clase de realismo mágico con honestidad, desde el principio nos presenta por un lado la extraordinaria naturaleza del protagonista, quedando así libre para ir revelando la sensibilidad y las enseñanzas que se desprenden de su singular vida, y por otro lado la del relato, un cuento narrado en primera, segunda y tercera persona. Tres narradores en esta historia única que bien podrían ser tres historias, una que va naciendo junto a otra que va muriendo y que se cruzan para dar a luz una tercera que lee entre líneas la suya propia.

No nos engaña en ningún momento, allí donde otros sólo nos quieren “contar un cuento”, él nos revela la verdad que subyace en los cuentos de toda la vida, de toda una curiosa vida; se muestra consciente de las posibilidades del género y se aprovecha de ellas como contrapunto para poner de manifiesto facetas de la condición humana difíciles de explorar desde la perspectiva tradicional.


Nuestro hábil relojero pone en marcha su nuevo artilugio, incorpora un reloj especial llamado Benjamin cuyas agujas se mueven en sentido contrario al habitual, pero es que esta vez no se trata de medir el tiempo, sino de darle sentido, así que al abrir su tapa descubrimos también el mecanismo de una preciosa cajita de música en la que vemos elevarse y crecer una bailarina llamada Daisy que gira de izquierda a derecha. Dos seres que avanzan en doble y contrario sentido, pero en la misma dirección, si no ¿como podrían encontrarse y qué sentido tendría entonces su vida? 
Dos formas de latir, una bailarina al compás del tic tac y un reloj al ritmo de tac tic, dos latidos que buscan fundirse en el mismo corazón de la película, anularse y detener el tiempo por un instante, la búsqueda eterna del arte, la batalla perdida a la que queremos siempre arrebatar un momento y habitarlo para siempre, robarle a la vida un fotograma imborrable en la retina del tiempo.

Podría intentar descifrar y traducir en palabras como ha conseguido el director no sólo que todo encaje, sino que no te enteres de qué, de cuándo, de cómo y de  por qué encaja… podría seguir analizando el deslumbrante dominio técnico de todo el aparato que rodea esta película, hablar de genialidad o quizás como Benjamín, tan sólo responder con las mínimas palabras para no estropear la intensidad del momento, pues el secreto reside ahí: en la sensibilidad necesaria para captar la emergencia de la emoción y sostenerla en la contención de los gestos, cuidando exquisitamente el tiempo interno de cada plano, sin armar las secuencias, sino armonizándolas, mimando hasta el último detalle para que todo gravite en torno al drama, dejándole fluir suspendido como una melodía dentro de la partitura de un ballet, atravesando allegros, adagios y requiems sin perder el compás ni el tono elegiaco del conjunto de la composición y permitiendo a los bailarines mantener la línea perfecta incluso tumbados en la cama de un hospital o en el regazo de su amada.

Al igual que Button, Fincher no sobrecarga ningún momento y dota a la película de un nivel de tensión que se mantiene con ligeras fluctuaciones hasta el final, sin buscar clímax rotundos, ni giros sobresaltados. Puede parecer simple, lenta y aburrida, una colección de postales bonitas con una música bonita y que incluso alguna postal esté de más, pero no es fácil encontrar la cadencia adecuada para contar una historia de este tipo sin caer en la cursilería, y más difícil aún si se le impide a su director realizar el montaje final. Así que creo que aún tiene más mérito que aceptara el reto y supiese dotar al film de la suficiente dosis de dignidad como para superar el riesgo de la ridícula sensiblería.

Se apoya para ambientar la narración en una fotografía ensoñadora a cargo de Claudio Miranda, que parece ilustrar las páginas de un cuento antiguo con recuerdos color sepia de los años 20, y en una música íntima y evocadora, que consigue remover imperceptiblemente los resortes más secretos de todo el engranaje emocional, compuesta por Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores de bandas sonoras cargadas de sentido romanticismo, ideales para cajitas de música.

Aunque una gran parte de la producción de Hollywood se empeña en repetir el rentable y probado esquema del cuento tradicional popular, todavía quedan autores que son capaces de convertirlo en leyenda, porque el caso de Benjamin Button no será real, pero si una leyenda desarrolla una ficción sobe la base de algún acontecimiento verdadero el trasfondo de humanidad y sabiduría vital que se percibe en esta película transmite más verdad que la que se presupone a muchos documentales, y su héroe podría formar parte del destino de alguna de las mejores tragedias clásicas.

Hasta ahora Fincher había conseguido inquietarme, indisponerme, divertirme, asombrarme o descubrirme ante su talento, pero ahora también ha logrado conmoverme con esta historia y rendirme a su maestría, pues creo que un maestro es aquel que es capaz de mostrarnos aquello que aún no somos capaces de apreciar por estar demasiado oculto o ser demasiado evidente, y que en última instancia, nos enseña a pensar por nosotros mismos y en el caso del cine a soñar con los demás.

“EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON”, EL DOBLE SENTIDO DE LA VIDA


Hay películas que empiezan por un final y hay otras que por un principio, pero hay muy pocas que empiezan por un principio y un final a la vez, y “El curioso caso de Benjamín Button” es una de ellas. Donde vivo existe una frase tradicional, “El principio es el final”, que parece resonar con insistencia en cada plano de esta película y en el fino oído de su director, como un diapasón que le va sugiriendo la correcta afinación a lo largo de toda la obra.
Y es que David Fincher viene demostrando desde el principio de su carrera una precisión de relojero, a la hora de articular unos relatos que se convierten en  impecables mecanismos programados para esconder su mayor secreto hasta el final, y abrirse y sorprender en el momento justo. Un Alien, un psicópata, la verdadera naturaleza de un juego, Tyler Durden y Jodie Foster se protegen en sus películas en las habitaciones físicas y mentales más ocultas, esperando el instante más oportuno para golpear al espectador. Así fue hasta “Zodiac”, donde rompió con ese esquema ya desde la elección misma de un guión basado en unos sucesos reales cuyo desenlace era de sobra conocido por el público, de tal forma que se impedía desde el principio la posibilidad de revelar la identidad de lo escondido y provocar el clímax final.
En esa ocasión, trasladaba el centro de atención de lo oculto al proceso mismo de su investigación, lo importante ya no era tanto el objeto de estudio como las implicaciones que éste condiciona a su alrededor y la propia naturaleza del relato fílmico frente al reto de dar cohesión a tal cúmulo de información fragmentaria.
Un logro que supuso, a mi entender, un salto cualitativo que la convierte en una de las obras fundamentales de lo que llevamos de S.XXI, capaz de actualizar en la confusión de hoy día, los hallazgos de títulos tan significativos como lo fueron “A sangre fría” y “Todos los hombres del presidente” en las décadas de los 60 y 70.

Así que cuando se anunció su adaptación del cuento de Francis Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamín Button”, todo parecía indicar un nuevo giro, aún más inesperado, ¿cómo podía pasar de la novela periodística de vanguardia al relato fantástico-romántico de toda la vida? Y es que Fincher no sólo sorprende en el interior de sus películas, sino también fuera de ellas como lo demuestra la naturaleza de sus nuevos trabajos: con “La red social” vuelve a un acontecimiento real de gran repercusión y muestra claramente el interés y la atenta mirada de este director a la hora de observar y analizar las fuerzas y debilidades de la sociedad contemporánea, algo que ya estaba presente en sus anteriores trabajos como contexto necesario donde desarrollar la acción. Y si los rumores se confirman, parece que continuará con “Heavy Metal” una colaboración en un film colectivo de animación, “The Girl with the Dragon Tattoo” un remake del comienzo de la saga “Millennium” y con “Pawn Sacrifice” otro análisis psicológico de un enfrentamiento real con trasfondo social, ¿Quién da más?

Desconozco las motivaciones que impulsan a David Fincher a la hora de seleccionar sus proyectos, pero ya sea por cuestiones económicas, contractuales o artísticas, en mi opinión siempre ha conseguido imprimir su sello personal, crecer como un cineasta cada vez más versátil y dotar a cada uno de ellos de valores cinematográficos apreciables, independientemente de que, como ocurre en la mayoría de la cinematografías, no todos alcancen el mismo nivel de calidad.

En “El curioso caso de Benjamin Button”, nuestro director sabe adaptarse a esta clase de realismo mágico con honestidad, desde el principio nos presenta por un lado la extraordinaria naturaleza del protagonista, quedando así libre para ir revelando la sensibilidad y las enseñanzas que se desprenden de su singular vida, y por otro lado la del relato, un cuento narrado en primera, segunda y tercera persona. Tres narradores en esta historia única que bien podrían ser tres historias, una que va naciendo junto a otra que va muriendo y que se cruzan para dar a luz una tercera que lee entre líneas la suya propia.

No nos engaña en ningún momento, allí donde otros sólo nos quieren “contar un cuento”, él nos revela la verdad que subyace en los cuentos de toda la vida, de toda una curiosa vida; se muestra consciente de las posibilidades del género y se aprovecha de ellas como contrapunto para poner de manifiesto facetas de la condición humana difíciles de explorar desde la perspectiva tradicional.


Nuestro hábil relojero pone en marcha su nuevo artilugio, incorpora un reloj especial llamado Benjamin cuyas agujas se mueven en sentido contrario al habitual, pero es que esta vez no se trata de medir el tiempo, sino de darle sentido, así que al abrir su tapa descubrimos también el mecanismo de una preciosa cajita de música en la que vemos elevarse y crecer una bailarina llamada Daisy que gira de izquierda a derecha. Dos seres que avanzan en doble y contrario sentido, pero en la misma dirección, si no ¿como podrían encontrarse y qué sentido tendría entonces su vida? 
Dos formas de latir, una bailarina al compás del tic tac y un reloj al ritmo de tac tic, dos latidos que buscan fundirse en el mismo corazón de la película, anularse y detener el tiempo por un instante, la búsqueda eterna del arte, la batalla perdida a la que queremos siempre arrebatar un momento y habitarlo para siempre, robarle a la vida un fotograma imborrable en la retina del tiempo.

Podría intentar descifrar y traducir en palabras como ha conseguido el director no sólo que todo encaje, sino que no te enteres de qué, de cuándo, de cómo y de  por qué encaja… podría seguir analizando el deslumbrante dominio técnico de todo el aparato que rodea esta película, hablar de genialidad o quizás como Benjamín, tan sólo responder con las mínimas palabras para no estropear la intensidad del momento, pues el secreto reside ahí: en la sensibilidad necesaria para captar la emergencia de la emoción y sostenerla en la contención de los gestos, cuidando exquisitamente el tiempo interno de cada plano, sin armar las secuencias, sino armonizándolas, mimando hasta el último detalle para que todo gravite en torno al drama, dejándole fluir suspendido como una melodía dentro de la partitura de un ballet, atravesando allegros, adagios y requiems sin perder el compás ni el tono elegiaco del conjunto de la composición y permitiendo a los bailarines mantener la línea perfecta incluso tumbados en la cama de un hospital o en el regazo de su amada.

Al igual que Button, Fincher no sobrecarga ningún momento y dota a la película de un nivel de tensión que se mantiene con ligeras fluctuaciones hasta el final, sin buscar clímax rotundos, ni giros sobresaltados. Puede parecer simple, lenta y aburrida, una colección de postales bonitas con una música bonita y que incluso alguna postal esté de más, pero no es fácil encontrar la cadencia adecuada para contar una historia de este tipo sin caer en la cursilería, y más difícil aún si se le impide a su director realizar el montaje final. Así que creo que aún tiene más mérito que aceptara el reto y supiese dotar al film de la suficiente dosis de dignidad como para superar el riesgo de la ridícula sensiblería.

Se apoya para ambientar la narración en una fotografía ensoñadora a cargo de Claudio Miranda, que parece ilustrar las páginas de un cuento antiguo con recuerdos color sepia de los años 20, y en una música íntima y evocadora, que consigue remover imperceptiblemente los resortes más secretos de todo el engranaje emocional, compuesta por Alexandre Desplat, uno de los mejores compositores de bandas sonoras cargadas de sentido romanticismo, ideales para cajitas de música.

Aunque una gran parte de la producción de Hollywood se empeña en repetir el rentable y probado esquema del cuento tradicional popular, todavía quedan autores que son capaces de convertirlo en leyenda, porque el caso de Benjamin Button no será real, pero si una leyenda desarrolla una ficción sobe la base de algún acontecimiento verdadero el trasfondo de humanidad y sabiduría vital que se percibe en esta película transmite más verdad que la que se presupone a muchos documentales, y su héroe podría formar parte del destino de alguna de las mejores tragedias clásicas.

Hasta ahora Fincher había conseguido inquietarme, indisponerme, divertirme, asombrarme o descubrirme ante su talento, pero ahora también ha logrado conmoverme con esta historia y rendirme a su maestría, pues creo que un maestro es aquel que es capaz de mostrarnos aquello que aún no somos capaces de apreciar por estar demasiado oculto o ser demasiado evidente, y que en última instancia, nos enseña a pensar por nosotros mismos y en el caso del cine a soñar con los demás.