cine

EL CINE SIEMPRE ESTUVO EN NUESTRA MENTE AL ALCANCE DE LA MANO

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL PRIMER NEGATIVO REVELADO A MANO



 En la actualidad es algo cotidiano poder ver las famosas latas de coca-cola en cualquier rincón de la tierra, y aunque presenten pequeñas diferencias de diseño local, allí donde las encontremos son un signo de la globalización humana y un símbolo de la sociedad de consumo. Y tampoco nos extraña que, junto al objeto físico omnipresente, podamos observar simultáneamente el mismo despliegue “artístico” promocional de fotografías en vallas publicitarias, o anuncios emitidos por televisión.

Si los arqueólogos del futuro escarbaran en los estratos de nuestra época, y no contaran con más información que los restos hallados, convendrían en que se trataría de un elemento material y unas imágenes de carácter global. Y lo mismo se podría aplicar a cualquier película de éxito internacional como pueda ser “Avatar” que se ha exhibido en cines de todo el mundo y que siempre va acompañada de un surtido merchandising.

Pero esos mismos arqueólogos si quisieran profundizar en busca de las primeras representaciones universales tendrían que viajar miles de años atrás, hasta la prehistoria, cuando el hombre ya había manifestado su presencia física en los cinco continentes y por primera vez en su evolución comenzó a proyectar imágenes sobre las paredes naturales de la tierra con los mismos colores, similares formas y quizás las mismas motivaciones. Y en ese amplio contexto espacio-temporal-cultural la mano en negativo y luego revelada en positivo es, de alguna manera, símbolo de la primera “fotografía” y el primer “fotograma” de la (pre)historia del cine, su primer éxito a nivel planetario y, sin duda, su primer gesto, un anuncio cargado de una emoción y un significado que aún se siente, aunque no se comprenda.

La impronta de manos surge en el ámbito de sociedades cazadoras-recolectoras, pero no fue un fenómeno simultáneo en todas las áreas geográficas, ni perduró el mismo tiempo; de hecho en Australia comenzó hace decenas de miles de años y se ha conservado hasta nuestros días, aunque su significado simbólico inicial haya podido perderse. En ciertas regiones de África, América y Asia la práctica perduró hasta fechas recientes, mientras que en Europa la cronología se dilata por las etapas más antiguas del Paleolítico Superior (especialmente durante el periodo Gravetiense 28.00-22.000 a.C.) para desaparecer en su tramo final.

La mano en negativo se obtiene al proyectar el pigmento pulverizado sobre la mano apoyada en la roca, soplándolo directamente de la boca, a través de una cánula o mediante un "aerógrafo" primitivo (como el hallado en Altamira). Mientras que la mano en positivo se logra por la aplicación directa de la mano impregnada de pigmento sobre la pared. Los colores varían según las zonas, pero predominan casualmente aquellos que utiliza la marca coca-cola para identificar las latas de cada una de las variantes de su producto: rojo, negro, naranja-amarillo y blanco, e incluso parecen coincidir en la frecuencia de uso, siendo mayoritario el empleo del rojo. Pero ahí acaban sus coincidencias, pues con respecto a las manos, nosotros ignoramos el porqué de estas selecciones cromáticas y el significado simbólico de cada una de ellas, si bien intuimos que debieron tenerlo como hoy en día aún lo conservan en distintas culturas.

Algunas manos no presentan todas las falanges y se tiende a interpretar este hecho como resultado de mutilaciones, accidentales o rituales, o de dedos replegados en virtud de un posible código de señales relacionadas con la caza, supuestamente similar a los empleados por algunas comunidades de aborígenes australianos y del pueblo san de Sudáfrica. Zoques y mayas (México) combinaron la colocación de las manos a modo de plantillas para lograr representaciones zoomorfas, lo mismo que hoy jugamos con las manos delante de una luz para proyectar sombras de animales en la pared, otra forma de precine, de la ilusión de capturar los gestos.
También se pueden encontrar falanges infantiles en negativo como en el caso de Las Gargas (Francia, precisamente en una de las cuevas con mayor número de manos “mutiladas”) y en algunos casos el negativo puede incluir también el brazo. Pueden presentarse aisladas o asociadas a otras representaciones, ya sean animales o signos abstractos, formando composiciones que aumentan significativamente la complejidad del fenómeno.

En positivo a parte de las manos completas y de la aplicación digital del color, existen también peculiaridades como el empleo de la palma para realizar manchas de color a modo de puntos gruesos, formando grupos o incluso figuras animales como en la cueva francesa de Chauvet. En esta caverna se ha datado en 30.000 años una huella infantil en negativo que puede ser la más antigua conocida.
Hay impresiones de ambos sexos y de distintas edades, cuya frecuencia también está sujeta a variaciones locales y es difícil generalizar, aunque según un cuestionado estudio del investigador Dean R. Snow, el 75% de las impresiones analizadas corresponderían a manos femeninas, lo cual demostraría la importancia de la mujer en los ritos desarrollados en el interior de las cuevas.

Todo este registro de datos es cada vez más amplio y existen proyectos e investigaciones especializadas sobre el tema que cada día aportan más áreas y estaciones con pinturas e información sobre las técnicas empleadas, sus estadísticas y cronologías más precisas, que están ayudando a nivel interpretativo aún sabiendo de antemano que la traducción exacta del significado, tanto del fenómeno global como de sus variaciones, se nos escapa. Gesto natural, señal identificadora individual o de grupo con fines de demarcación territorial, magia sanadora, magia propiciadora de la caza, contacto con fuerzas sagradas o ritual de iniciación masculina o femenina, son algunas de las más habituales y quizás no haya una única explicación, sino una combinación de todas o alguna de ellas con variaciones en el tiempo, incluso dentro del mismo entorno geográfico.

Hay que enfocarla como una práctica de largo recorrido que fue apareciendo en los distintos continentes a medida que el hombre los iba poblando, manteniéndose viva durante grandes periodos de tiempo. Y esto me lleva a pensar que a pesar de su carácter universal no fue una costumbre de la que se abusó, pues aunque haya algunas cuevas y estaciones con cientos de huellas, existen otras con presencia de arte rupestre que cuentan con apenas un par de ellas y en otras una o ninguna. Sabemos que no eran grupos muy numerosos, pero nada les impedía saturar de manos sus lugares sagrados a base de repetir mecánicamente un gesto que no requiere de excepcionales dotes artísticas, así que hay que pensar que podría tratarse de un acto reservado para individuos y acontecimientos especiales.

En Europa el fenómeno de las Venus paleolíticas y las representaciones de mujeres o del órgano femenino en forma de vulvas, a través de grabados, pinturas o aprovechando formas naturales, indican junto con las huellas de manos negativas femeninas, una clara implicación de la mujer, posiblemente asociada a ritos de fertilidad.
Antes de aplicar color a sus manos, hombres y mujeres ya habían jugado con sus dedos en la arcilla blanda de las paredes de las cuevas, como hacen los niños de forma instintiva, dibujando líneas caóticas entre las que, de vez en cuando, nacía alguna figura identificable. Como en la mayoría de los mitos ancestrales todo surgía de un caos original, de una noche que prolongaba su oscuridad a través de las cuevas hasta el útero de la Madre Tierra, generadora de vida, embarazada en forma de colinas y montañas. Introducirse en ellas con dificultad y quizás con miedo por los estrechos y oscuros pasillos de las cavernas hasta llegar a sus paredes internas para poner la mano y entrar en contacto con esa membrana de potencia generadora, suponía un renacer al salir arrastrándose de nuevo a la luz del día.

Hay algo especial en estas huellas, tan vacías como un signo de interrogación y a la vez tan llenas de la presencia de sus autores, que se despidieron hace tiempo, pero que aún nos saludan y nos atraen. Al igual que reaccionamos al poner nuestra mano en el vientre de una embarazada para sentir la presión de la vida que crece dentro de ella, quizás en las cuevas europeas el negativo sea la mano interior del que va nacer, una puerta que se abre al misterio de la vida y el positivo la de aquel al que se le ha revelado y que responde a ese contacto desde el otro lado.

EL PRIMER NEGATIVO REVELADO A MANO



 En la actualidad es algo cotidiano poder ver las famosas latas de coca-cola en cualquier rincón de la tierra, y aunque presenten pequeñas diferencias de diseño local, allí donde las encontremos son un signo de la globalización humana y un símbolo de la sociedad de consumo. Y tampoco nos extraña que, junto al objeto físico omnipresente, podamos observar simultáneamente el mismo despliegue “artístico” promocional de fotografías en vallas publicitarias, o anuncios emitidos por televisión.

Si los arqueólogos del futuro escarbaran en los estratos de nuestra época, y no contaran con más información que los restos hallados, convendrían en que se trataría de un elemento material y unas imágenes de carácter global. Y lo mismo se podría aplicar a cualquier película de éxito internacional como pueda ser “Avatar” que se ha exhibido en cines de todo el mundo y que siempre va acompañada de un surtido merchandising.

Pero esos mismos arqueólogos si quisieran profundizar en busca de las primeras representaciones universales tendrían que viajar miles de años atrás, hasta la prehistoria, cuando el hombre ya había manifestado su presencia física en los cinco continentes y por primera vez en su evolución comenzó a proyectar imágenes sobre las paredes naturales de la tierra con los mismos colores, similares formas y quizás las mismas motivaciones. Y en ese amplio contexto espacio-temporal-cultural la mano en negativo y luego revelada en positivo es, de alguna manera, símbolo de la primera “fotografía” y el primer “fotograma” de la (pre)historia del cine, su primer éxito a nivel planetario y, sin duda, su primer gesto, un anuncio cargado de una emoción y un significado que aún se siente, aunque no se comprenda.

La impronta de manos surge en el ámbito de sociedades cazadoras-recolectoras, pero no fue un fenómeno simultáneo en todas las áreas geográficas, ni perduró el mismo tiempo; de hecho en Australia comenzó hace decenas de miles de años y se ha conservado hasta nuestros días, aunque su significado simbólico inicial haya podido perderse. En ciertas regiones de África, América y Asia la práctica perduró hasta fechas recientes, mientras que en Europa la cronología se dilata por las etapas más antiguas del Paleolítico Superior (especialmente durante el periodo Gravetiense 28.00-22.000 a.C.) para desaparecer en su tramo final.

La mano en negativo se obtiene al proyectar el pigmento pulverizado sobre la mano apoyada en la roca, soplándolo directamente de la boca, a través de una cánula o mediante un "aerógrafo" primitivo (como el hallado en Altamira). Mientras que la mano en positivo se logra por la aplicación directa de la mano impregnada de pigmento sobre la pared. Los colores varían según las zonas, pero predominan casualmente aquellos que utiliza la marca coca-cola para identificar las latas de cada una de las variantes de su producto: rojo, negro, naranja-amarillo y blanco, e incluso parecen coincidir en la frecuencia de uso, siendo mayoritario el empleo del rojo. Pero ahí acaban sus coincidencias, pues con respecto a las manos, nosotros ignoramos el porqué de estas selecciones cromáticas y el significado simbólico de cada una de ellas, si bien intuimos que debieron tenerlo como hoy en día aún lo conservan en distintas culturas.

Algunas manos no presentan todas las falanges y se tiende a interpretar este hecho como resultado de mutilaciones, accidentales o rituales, o de dedos replegados en virtud de un posible código de señales relacionadas con la caza, supuestamente similar a los empleados por algunas comunidades de aborígenes australianos y del pueblo san de Sudáfrica. Zoques y mayas (México) combinaron la colocación de las manos a modo de plantillas para lograr representaciones zoomorfas, lo mismo que hoy jugamos con las manos delante de una luz para proyectar sombras de animales en la pared, otra forma de precine, de la ilusión de capturar los gestos.
También se pueden encontrar falanges infantiles en negativo como en el caso de Las Gargas (Francia, precisamente en una de las cuevas con mayor número de manos “mutiladas”) y en algunos casos el negativo puede incluir también el brazo. Pueden presentarse aisladas o asociadas a otras representaciones, ya sean animales o signos abstractos, formando composiciones que aumentan significativamente la complejidad del fenómeno.

En positivo a parte de las manos completas y de la aplicación digital del color, existen también peculiaridades como el empleo de la palma para realizar manchas de color a modo de puntos gruesos, formando grupos o incluso figuras animales como en la cueva francesa de Chauvet. En esta caverna se ha datado en 30.000 años una huella infantil en negativo que puede ser la más antigua conocida.
Hay impresiones de ambos sexos y de distintas edades, cuya frecuencia también está sujeta a variaciones locales y es difícil generalizar, aunque según un cuestionado estudio del investigador Dean R. Snow, el 75% de las impresiones analizadas corresponderían a manos femeninas, lo cual demostraría la importancia de la mujer en los ritos desarrollados en el interior de las cuevas.

Todo este registro de datos es cada vez más amplio y existen proyectos e investigaciones especializadas sobre el tema que cada día aportan más áreas y estaciones con pinturas e información sobre las técnicas empleadas, sus estadísticas y cronologías más precisas, que están ayudando a nivel interpretativo aún sabiendo de antemano que la traducción exacta del significado, tanto del fenómeno global como de sus variaciones, se nos escapa. Gesto natural, señal identificadora individual o de grupo con fines de demarcación territorial, magia sanadora, magia propiciadora de la caza, contacto con fuerzas sagradas o ritual de iniciación masculina o femenina, son algunas de las más habituales y quizás no haya una única explicación, sino una combinación de todas o alguna de ellas con variaciones en el tiempo, incluso dentro del mismo entorno geográfico.

Hay que enfocarla como una práctica de largo recorrido que fue apareciendo en los distintos continentes a medida que el hombre los iba poblando, manteniéndose viva durante grandes periodos de tiempo. Y esto me lleva a pensar que a pesar de su carácter universal no fue una costumbre de la que se abusó, pues aunque haya algunas cuevas y estaciones con cientos de huellas, existen otras con presencia de arte rupestre que cuentan con apenas un par de ellas y en otras una o ninguna. Sabemos que no eran grupos muy numerosos, pero nada les impedía saturar de manos sus lugares sagrados a base de repetir mecánicamente un gesto que no requiere de excepcionales dotes artísticas, así que hay que pensar que podría tratarse de un acto reservado para individuos y acontecimientos especiales.

En Europa el fenómeno de las Venus paleolíticas y las representaciones de mujeres o del órgano femenino en forma de vulvas, a través de grabados, pinturas o aprovechando formas naturales, indican junto con las huellas de manos negativas femeninas, una clara implicación de la mujer, posiblemente asociada a ritos de fertilidad.
Antes de aplicar color a sus manos, hombres y mujeres ya habían jugado con sus dedos en la arcilla blanda de las paredes de las cuevas, como hacen los niños de forma instintiva, dibujando líneas caóticas entre las que, de vez en cuando, nacía alguna figura identificable. Como en la mayoría de los mitos ancestrales todo surgía de un caos original, de una noche que prolongaba su oscuridad a través de las cuevas hasta el útero de la Madre Tierra, generadora de vida, embarazada en forma de colinas y montañas. Introducirse en ellas con dificultad y quizás con miedo por los estrechos y oscuros pasillos de las cavernas hasta llegar a sus paredes internas para poner la mano y entrar en contacto con esa membrana de potencia generadora, suponía un renacer al salir arrastrándose de nuevo a la luz del día.

Hay algo especial en estas huellas, tan vacías como un signo de interrogación y a la vez tan llenas de la presencia de sus autores, que se despidieron hace tiempo, pero que aún nos saludan y nos atraen. Al igual que reaccionamos al poner nuestra mano en el vientre de una embarazada para sentir la presión de la vida que crece dentro de ella, quizás en las cuevas europeas el negativo sea la mano interior del que va nacer, una puerta que se abre al misterio de la vida y el positivo la de aquel al que se le ha revelado y que responde a ese contacto desde el otro lado.